
EMILIO PACHECO. (Majadahonda, 21 de marzo de 2026). Montiel es mi pueblo. Es “mi tierra”, donde nací y viví mi infancia, en aquellos años cincuenta de la posguerra. Aún se usaba por entonces el candil de aceite porque la luz eléctrica era débil e insegura. Todavía se construían las casas de tapial, de adobes, de piedra moliza y mortero de barro. Era una época de pobres cosechas, de trabajo duro y sin apenas descanso (algún domingo y fiestas de guardar); de pantalón de pana raído y de abarcas; de carros y de mulas, de pan blanco y de pan moreno; de matanzas, de tajás de tocino y de gachas. En esta época, recuerdo, al amor de la lumbre y del candil, cómo algunos familiares y amigos contertulios de la noche, hablaban de infinitas cosas y también, a veces, de historia, del castillo de Montiel y de don Pedro el Cruel. Recuerdo también, que durante aquellos años creció en mí una afición sin medida (manía, diría yo) de investigar sobre el pasado de Montiel. No podía creer que este pasado fuese una nebulosa, humo de pajas, desconocimiento en suma, un manojo de historias, apenas, transmitidas de boca en boca. Pisé las murallas del castillo una y otra vez, tomé medidas, levanté planos, hice fotos, hasta una película de súper ocho en compañía de los amigos, rememorando el hecho histórico del regicidio…









