ÁLVARO PIÉLAGO. Desde hace tiempo llevo observando una deriva institucionalista que a mí, particularmente, no me gusta nada. Los intentos por matar y rematar a La Calle (No se cuantos llevamos ya, la verdad) hacía que creciera en mi una desazón y un mal humor terrible. No comprendía cómo todo aquello que se construyó de una forma abrumadora se podía derrumbar de la noche a la mañana. Durante este tiempo he estado buscando, leyendo, intentando entender qué nos ha llevado a delegar La Vida en un voto, o qué nos ha llevado a recluir La Vida en nuestros Centros de lucha social.
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