
MANEL BARRIERE. Hace ya un tiempo me tocaba visitar la oficina del paro de vez en cuando. Una de esas veces me citaron, a través de un mensaje de texto al móvil, para una sesión de orientación laboral, recordándome mis obligaciones como preceptor de una prestación por desempleo, que, dicho sea de paso, dejé de cobrar poco tiempo después. Fue una reunión triste, compartida por un grupo de personas, la mayoría mujeres, que dejamos nuestra rutina cotidiana y nuestras responsabilidades en manos de otros -en mi caso, mi compañera se encargó de llevar a nuestro hijo a la guardería-, para que una trabajadora de la Oficina de Empleo nos diera a rellenar un formulario, nos confesara que no se iba a cumplir nada de lo especificado en dicho formulario a causa de la falta de recursos, y contara los planes de reestructuración del servicio estatal de empleo, que consistían, básicamente, en despedir a unos cuantos trabajadores y trabajadoras.









