
MILAN KUNDERA. Hay jugadores que no se toman nada en serio. Y hay hombres que desafían a los tribunales y a la prisión. Pero pocas veces se ven jugadores que no se toman nada en serio y que desafían tribunales y prisiones. Incluso cuando desafía a Franco y a Fidel Castro, Arrabal no es un contestatario, un predicador militante. Es un hombre que juega. Concibe el arte como un juego, y el mundo se convierte en un juego en cuanto lo toca. Pero este siglo es un terreno en donde los juegos están prohibidos, una trampa preparada para los jugadores. Lo primero que leí de él fue «Y pondrán esposas a las flores», pieza inspirada por las prisiones de Franco. Fue en Praga, donde por entonces reinaban otros maestros de prisiones. Me decía a mí mismo: un día, nuestros horrores quedarán olvidados. Pero esta pieza de Arrabal, esta maravilla sucia, esta orquídea de imaginaciones depravadas, esta magnífica flor fétida del mal, esta pieza, permanecerá. Sin duda, me he equivocado. No es esta obra, este homenaje sofocante a Sade, el que permanecerá, sino las imágenes de Epínal de la nueva reescritura de la historia, que desde hoy imponen su visión edificante de las décadas pasadas, pues desde el vientre de este siglo serio y estúpido sólo nacerá una seriedad todavía más seria y una estupidez todavía más estúpida. El mundo se ha vuelto mortal y absurdamente serio, dijo Gombrowicz a sus críticos, quienes le han aplaudido, transformándolo sobre la marcha en un escritor serio de remate. ¡Oh, Arrabal!, ¿cómo se llama la estrella bajo la cual avanzas? ¿Marx, anti-Marx, Tocqueville, Sartre, Mandela, Bush?









