Tal día como hoy, Majadahonda dejó de ser solo memoria oral para convertirse en papel, tinta y cifra. Y en ese gesto administrativo, aparentemente frío, quedó atrapada una forma de vida que ya no existe, pero que sigue hablándonos desde el archivo.

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 15 de enero de 2026). Tal día como hoy, 15 de enero de 1751, Majadahonda entró en la historia escrita de una forma singular: no por una batalla, ni por una catástrofe, ni por la visita de un personaje ilustre, sino por algo mucho más silencioso y duradero. Ese día comenzaron en el pueblo los trabajos del Catastro de Ensenada, uno de los grandes intentos del siglo XVIII por conocer, con detalle casi doméstico, cómo vivían los españoles. Hasta entonces, Majadahonda había sido sobre todo un nombre disperso en documentos, una aldea citada de paso. A partir de ese invierno de 1751, el pueblo quedó descrito con precisión: cuántas casas había, cuántos vecinos, qué tierras se cultivaban, qué animales se criaban, qué oficios existían y qué se debía a la Hacienda Real. Por primera vez, Majadahonda se vio reflejada en un inventario completo de sí misma.

Miguel Sanchiz

LOS FUNCIONARIOS ENVIADOS POR LA CORONA RECORRIERON CALLES DE TIERRA, HABLARON CON LOS VECINOS, preguntaron por cosechas, corrales, molinos, viñas y deudas. Nada parecía demasiado pequeño para quedar fuera. Cada respuesta se anotaba a mano, con letra firme, en grandes pliegos que hoy, casi tres siglos después, siguen conservándose en archivos históricos. Esos documentos —aún consultables— son el primer retrato coral del Majadahonda antiguo. Lo que emerge de esas páginas es un pueblo modesto, agrícola, de ritmos lentos y economía frágil, pero estable. No hay épica en esas líneas, pero sí vida real: jornaleros, labradores, pequeños propietarios, animales contados uno a uno. El Catastro no cuenta historias, pero las insinúa todas.

Catastro de Ensenada: Majadahonda

HAY ALGO PROFUNDAMENTE MODERNO EN AQUEL EMPEÑO ILUSTRADO: la idea de que gobernar exige conocer, y que para conocer hay que preguntar. Gracias a ello sabemos hoy cómo era Majadahonda antes de las guerras, antes del ferrocarril, antes de la expansión urbana. Antes, incluso, de que el pueblo supiera que algún día sería ciudad. Tal día como hoy, Majadahonda dejó de ser solo memoria oral para convertirse en papel, tinta y cifra. Y en ese gesto administrativo, aparentemente frío, quedó atrapada una forma de vida que ya no existe, pero que sigue hablándonos desde el archivo. Quizá por eso el Catastro de Ensenada no es solo un documento fiscal. Es, sin pretenderlo, el primer espejo en el que Majadahonda pudo reconocerse.

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