
CRESCENCIO BUSTILLO. Terminada la temporada de las bellotas comenzaba la de la leña: se iban en grupos estas mujeres, unas a pie y otras a caballo de los burros que dejaban atados en algún regazo, antes de entrar en el monte, pues iban a recoger leña furtivamente. Para entrar tenían que escalar la tapia de piedra que le rodea, de dos metros y medio de altura. Y al regreso lo mismo, pero cargadas con grandes fardos, haces de leña trazada de ramas tirando a gordas, semiseca que es la que más calorías daba en el fuego y por lo tanto más solicitada. Las que tenían burro, una vez pasada la tapia, los cargaban ayudándose unas a otras, sin perjuicio de que ellas también se cargaran su pequeño hacecillo a la espalda. Pero las que no lo tenían venían sofocadas, descansando en los desniveles del terreno con unos haces encima, que daba miedo de verlas, luchando con el aire en contra o de través, hasta que por fin llegaban a sus hogares. Vendían el haz de leña y marchaban a las tiendas con el dinero para con los productos que adquirían alimentarse aquella noche ella y los suyos. En el monte, los guardas las toleraban y se compadecían de ellas, no podían llevar herramientas, como hachas o serruchos, etc. porque entonces se las llevaban detenidas al pueblo del Pardo. Allí las retenían algún día, con las consiguientes molestias y disgustos, pero como no podían presentar pruebas de herramientas, las tenían que soltar y al otro día ya estaban de nuevo en el monte. Sus herramientas eran las manos y las cuerdas que llevaban para luego atar la leña, con las que desgajaban las ramas. Después las manos y las rodillas hacían el resto para trazarla.









