
VICENTE ARAGUAS. (20 de junio de 2025). Hoy quiero hablar de Umbral. Sigo leyéndolo, haciéndome con sus libros, como decían “las Pilares”, sí, las libreras de lance de “La Vieja Galería”, primero en San Isidro, luego en Real Baja, que hacía él mismo. Yo no sé qué fin les daría, no, no creo que los arrojase a la piscina de su casa majariega. Yo me limito a comprarlos, agrupándolos en mi biblioteca, y volviendo a ellos, con fervor de avaro. En esa colección hay incluso uno dedicado, y no a mí, que compré en ocasión afortunada. “Amar en Madrid”, se llama la buena pieza. Me encanta Umbral, incluso el de carril, el reiterativo, el más previsiblemente umbraliano, que no es lo mismo que previsible. Que nada en él lo era, que llevado por su prosa tan pegadiza encontraba, a veces, en sus artículos, endecasílabos y alejandrinos. Que Umbral era, creo, poeta. Como Cela. Y nada malo ninguno de los dos. Pero la Poesía no lleva a ese tejado donde ambos hallaron cumbre y cobijo. Ahí la apuesta.









