
VICENTE ARAGUAS. (30 de agosto de 2024). Donde acaba Majadahonda y empieza Las Rozas, en esa línea continua que no segrega pero tampoco termina de unir, hay una calle con nombre de “santinha”. Santa con apellido, de origen portugués, Campo Maior, y destino toledano. Santa fundadora de orden y, al cabo, nominadora de calle en suave declive, con casas de cierto nivel. Pisos según entramos, después chalés. Le tengo yo querencia a Santa Beatriz de Silva donde ejercí como profesor particular, incluso preceptor, a lo “Werther”, claro que sin Carlota, ni pistolones ni, mucho menos, suicidios por amor. Aparecí en dicha calle, por entonces casi arrabal majariego o donde podría dar la vuelta el aire, dispuesto a explicar materias, Lengua Española, Inglés, Historia, complementarias de un currículo oficial inagotable. Mis alumnos, hermanos Outeiriño, digamos, habían vivido en Calpisa, cerca de Santa Beatriz de Silva. Clases particulares, bella expresión para que un profesor, padre recientísimo, años ochenta, terminase de deslomarse al aire cotidiano de la falda de la Sierra.








