
GREGORIO Mª CALLEJO. Ciertamente, el estado de la administración de justicia que se presenta en la literatura del Siglo de Oro es deplorable. Los jueces se presentan como corruptos, hasta el punto de poderse librar uno de la pena capital si son debidamente sobornados: “Fueron condenadas a muerte, y aún se quiso dezir que alguna de aquellas ranas que fueron presas, por ser hijas de personas señaladas fueron secretamente sueltas y ausentadas, porque untaron las manos a los jueces, y aún más los escribanos en cuya mano dizen que está más çierto poderse hazer, y ansí escaparon las vidas del morir” (Crotalón, Octavo canto del gallo). La percepción sobre jueces, letrados y personal de la Administración no puede ser más lamentable en “Fortuna Varia”. Incluso el alcaide de la prisión de Córdoba, “no tan cruel y rígido como siempre lo son los de su oficio”, paga su bondad de organizar una fiesta en la prisión (cosa no infrecuente en las cárceles según nos dice el libro) con la fuga de veintiún presos.









