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FERNANDO BRUQUETAS DE CASTRO. En aquella primera estancia en Madrid, cuando Federico Utrera me encargó en serio escribir el libro del «Outing«, a raíz de la conversación mantenida en la plaza de Santa Ana con Manuel González y Juan Fernando López Aguilar, apenas pude conseguir documentación para este trabajo, porque ya tenía el billete cerrado y estaba obligado a volver a Las Palmas. No obstante, en seguida comencé a hacer pesquisas: en primer lugar, había que visitar una librería que llevaba varios años especializada en literatura gay y lésbica en el mismo centro de la capital, pero que, por esa misma circunstancia, se mantenía con un halo de semiclandestinidad en el depauperado barrio de Chueca.





CRESCENCIO BUSTILLO. Volviendo a mis 15 años, continué en mi casa trabajando y perfeccionándome cada vez más en el oficio; dejando a un lado la aventura aquella de los lupanares. Es una edad que le dicen del «pavo», por lo que yo no iba a ser una excepción. Si te arrimabas a los hombres, no dejabas de ser un chaval, si lo hacía con los más pequeños, me daba vergüenza de que me llamaran «grandullón». Y con las chicas formales del pueblo de Majadahonda me daba un poco de vergüenza, por lo que me encontraba «corto» para alternar plenamente con ellas. Por otra parte yo no quería perder la libertad, y menos a dicha edad que empezaba a pensar e ilusionarme por la vida. Por esta razón, hasta que no hice el servicio militar poco bailé, ni alterné con las chicas de mi edad del pueblo, aunque no faltaban proposiciones de unos u otros sobre tal o cual chavala que me pudiera interesar, pero me mostraba indiferente a estas propuestas para no herir susceptibilidades. Y así fui capeando el temporal, evitando los compromisos que me salían al camino…

FERNANDO BRUQUETAS. A petición de Manuel González, decidimos entrar en la taberna del Príncipe, que era el lugar predilecto para los encuentros con Juan Fernando el político. Aquí nos cambiamos al vino tinto y la sempiterna cocacola. Desde allí nos movimos a otro garito fino detrás del Teatro Español, donde podíamos tapear a gusto y mantuvimos una conversación distendida que acabó con la noche y el cierre de las puertas. El tiempo pasó volando y sorprendidos por los trabajadores de la limpieza pública retornamos a casa. Yo estaba de invitado en casa de Federico, por el trayecto en su coche le rogué que me contara el motivo de su interés por el mundo homosexual en aquel momento. Ni que decir tiene que Utrera –que yo sepa– jamás ha tenido veleidades de ese tipo, hasta que me conoció a mí.
