El funeral religioso para 5.000 personas en memoria de las víctimas del accidente de Adamuz, organizado por el Obispado de Huelva en colaboración con el Ayuntamiento y la Diputación, se celebra este jueves, a las 18.00 horas, en el Palacio de Deportes Carolina Marín. Miguel Sanchiz reflexiona sobre la suspensión definitiva del funeral laico de Estado que había sido anunciado por el Gobierno y la Junta de Andalucía para este sábado 31 de enero.

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 29 de enero de 2026). Un funeral laico en tierra mariana. Desde Majadahonda ante una noticia: El Gobierno y la Junta de Andalucía suspende el funeral laico por la víctimas de Adamuz previsto para el 31 de enero. Hay dolores que no admiten protocolo. Hay muertes que no caben en una agenda institucional. Y hay pueblos a los que no se les puede pedir que lloren en silencio, sin Dios y sin símbolos, como si el alma fuera un accesorio prescindible. Lo que se anunciaba para el 31 de enero no era un homenaje: es un acto administrativo del duelo. Un funeral aséptico, neutro, cuidadosamente despojado de todo aquello que durante siglos ha servido para sostener a quienes ya no pueden sostenerse solos. Un acto sin cielo. Y eso, en esta tierra, no consuela: hiere.

Miguel Sanchiz

ADAMUZ NO ES UNA COORDENADA NI UN EXPEDIENTE. Adamuz está en Córdoba, y Córdoba está en Andalucía. Y Andalucía no es una abstracción cultural: es una forma concreta de vivir, de sufrir y de despedir a los muertos. Aquí el dolor no se gestiona, se acompaña. No se tramita, se comparte. No se maquilla con discursos, se pone en manos de Dios. Pretender un homenaje neutro en la provincia más mariana de España no es solo una torpeza: es una desconexión profunda con la realidad. O algo peor. Porque no estamos ante un simple error de cálculo, sino ante una idea cada vez más extendida en ciertos despachos: que la fe es un estorbo, que los símbolos molestan, que el silencio institucional es más elegante que la oración popular. Pero aquí, cuando la muerte entra sin llamar, no se pide elegancia. Se pide consuelo.

¿DE VERDAD ALGUIEN CREE QUE PUEDE ACOMPAÑARSE A UNAS FAMILIAS DESTROZADAS negándoles el lenguaje con el que siempre han hablado al sufrimiento? ¿Que se puede rendir homenaje expulsando del acto aquello que da sentido a la esperanza? ¿Que el pueblo va a sentirse representado por una ceremonia que le exige dejar fuera su manera de creer, de llorar y de rezar? En esta tierra, cuando todo se rompe, no se mira al despacho: se mira al cielo. Se encienden velas. Se rezan rosarios. Se pronuncian nombres con lágrimas. Se pide a Dios lo que nadie más puede dar. Eso no es folclore. Eso no es atraso. Eso es antropología elemental. Lo que resulta llamativo —y preocupante— es la insistencia en imponer un modelo de duelo que no nace del pueblo, sino de una idea ideológica de neutralidad. Una neutralidad que siempre es selectiva: se expulsan los símbolos religiosos, pero se mantienen los discursos oficiales; se retira la oración, pero se conserva la palabra institucional; se niega el cielo, pero se legitima el micrófono.

Procesión de la Virgen del Rocío en Almonte (Huelva), «la provincia más mariana de España», recuerda Miguel Sanchiz

NO SE TRATA DE IMPONER LA FE A NADIE. Se trata de no amputarla donde es mayoritaria, natural y vivida. Porque un funeral sin Dios puede ser válido para quien no cree. Pero imponerlo a un pueblo creyente no es respeto: es desprecio cultural. Es la soberbia del despacho frente a la verdad del pueblo. Es creer que el dolor ajeno se puede administrar mejor desde una mesa de reuniones que desde una iglesia abierta. Aquí no se pide que el Estado rece. Se pide que no estorbe al que reza. Aquí no se exige uniformidad. Se exige humildad. La fe no es un adorno que se pone o se quita según convenga. Es el suelo sobre el que muchas personas se levantan cada mañana, y el último apoyo cuando todo lo demás falla. Quitarla del centro del duelo no es neutralidad: es vaciamiento. Y hay vacíos que duelen más que la ausencia. Un homenaje verdadero no se define por su corrección política, sino por su capacidad de acompañar. Y acompañar, en Andalucía, pasa por aceptar que el pueblo llora mirando a la Virgen, hablando con Dios, pidiendo consuelo donde siempre lo ha pedido. Lo demás son palabras. Frías. Correctas. Insuficientes. El dolor no se gestiona. El dolor se reza. Y quien no lo entienda, que al menos tenga la decencia de no convertir el luto en un ejercicio de ingeniería social. Porque un funeral sin cielo no consuela. Solo deja más solos a los que ya lo han perdido todo.

Majadahonda Magazin