
El domingo 18 de enero de 2026 tuvo lugar un accidente ferroviario en Adamuz, en la provincia española de Córdoba (Andalucía), cuando un tren de Iryo que realizaba el trayecto entre Málaga y Madrid descarriló e invadió la vía contigua, provocando la colisión y el descarrilamiento de otro tren Alvia de Renfe, que circulaba en sentido contrario con destino a Huelva. El accidente causó 46 víctimas mortales.
ANA FDEZ MALLO. (Majadahonda, 18 de febrero de 2026). Un Mes en las Vías de Adamuz. Se cumple un mes de aquel momento terrible en las vías de Adamuz. El tiempo sigue avanzando, pero el dolor permanece. Hay instantes que no pasan, que se quedan suspendidos para siempre en la memoria colectiva. España mira hoy esas vías con recogimiento y respeto. Como quien vuelve a un lugar marcado, y no olvida lo ocurrido y a quienes ya no están. Recordando a las familias rotas, a los hogares donde falta una voz, una risa, una presencia irremplazable. A los sueños desvanecidos que quedaron a medio camino, truncados sin aviso. A los propósitos incompletos y a las promesas que nunca podrán cumplirse. Pasar por Adamuz será siempre un suspiro, un tragar saliva, un minuto de silencio, una lágrima contenida. Será bajar la mirada y apretar los labios. Será un nudo en la garganta y el respeto que impone el dolor ajeno, convertido ya en dolor de todos. Porque hay lugares que dejan de ser solo un punto en el mapa y se convierten en memoria, conciencia y recuerdo permanente.
Me pregunto por quién doblan las campanas. Doblan por todos y cada uno de los ausentes, por los nombres que ya no se pronuncian en voz alta sin que tiemble la voz, por las vidas interrumpidas y por las familias que están aprendiendo a convivir con un vacío permanente. Doblan como recordatorio de que ninguna pérdida es ajena, de que el dolor compartido nos iguala y nos obliga a no mirar hacia otro lado. Siguiendo con los versos del poeta inglés John Donne: «Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un fragmento del continente, una parte del todo». Y por eso cada pérdida nos disminuye, porque estamos hechos de vínculos, de nombres compartidos, de caminos que se cruzan. Lo ocurrido en Adamuz no pertenece solo a un lugar ni a un momento: nos concierne a todos. No preguntes nunca por quién doblan las campanas. Doblan por ti, por mí, por cada uno que entiende que el dolor ajeno también es propio. Doblan para decirnos que la vida es comunidad, memoria y responsabilidad; que mientras recordemos juntos, nadie estará del todo solo.
Mientras haya una abuela que rece, una lágrima contenida que se transforma en oración, o un suspiro que dice “no te olvidamos”, habrá esperanza. Porque el amor es más fuerte que la ausencia, y nos enseña que el recuerdo compartido puede llenar los vacíos que el tiempo nunca borrará. Y mientras haya alguien que cuente historias, que mencione los nombres, que no deje que el silencio lo cubra todo, Adamuz seguirá latiendo en la memoria. Cada gesto de recuerdo, cada mirada hacia las vías, cada suspiro frente al vacío, es un acto de resistencia contra el olvido. Porque el dolor, cuando se comparte, se hace también fuerza; y la ausencia, cuando se nombra, se transforma en presencia. Que sigan doblando campanas en el corazón, aunque los cuerpos ya no estén. Que sigamos recordando juntos, con respeto y con amor, porque mientras haya memoria, nunca habrá un final definitivo.
EL RELOJERO DE ADAMUZ. Este cuento es para los niños. Para los que iban en los trenes, para los que pasaban en su pueblo una tarde tranquila de domingo y para los que vieron los trenes rotos en la televisión. A todos ellos les dedicó este cuento para que sepan que no están solos y que siempre hay manos dispuestas a cuidar. Con mi cariño: Ana Fernández Mallo. En Adamuz vivía un relojero que no arreglaba relojes normales: arreglaba momentos. Su taller estaba lleno de tic-tacs suspendidos en el aire, de agujas que no marcaban horas y de relojes que latían como pequeños corazones. Una tarde, todos los relojes del pueblo se pararon a la vez: el del tren, el de la estación, el de las casas y el de la torre de la iglesia. Incluso se detuvo el reloj invisible que cada persona lleva dentro y que late más deprisa cuando algo asusta. El relojero salió a la calle con su lupa, miró al cielo, escuchó el silencio y dijo en voz baja: —Hoy el tiempo necesita calma. Y entonces caminó por Adamuz ajustando los segundos, aflojando los minutos nerviosos y dando cuerda a la tranquilidad. Cuando todo estuvo en su sitio, sopló muy despacio y el tiempo volvió a caminar. Así, el relojero enseñó al pueblo que hay momentos que no se miden en horas, sino en abrazos.







Ana,que importante es este reportaje,y que importante que te involucres en este tema tan doloroso
Tu sabiduria ayuda y esclarecer
Gracias
Bravooo magnifica narrativa mucha emoción y humanidad
Muchas gracias Ana por este emocionante relato, que nos hace tener presente a todas las victimas
Que hermoso cuento el del relojero de Adamuz . Que bellas palabras escribes Ana . Qué lástima no te asomes con más frccuencia a esa ventana de Majadahonda Magazin . Lo he leído tres veces . Gracias
Anita preciosa,emocionante relato nunca debemos olvidar a los que se fueron de forma tan terrible.
Enhorabuena, amiga Ana, por la sensibilidad, la buena escritura, la solidaridad
Ana querida, cuánto corazón y cuánta razón! Un abrazo enorme
Un suceso terrible. Hay recuerdos que no se olvidan, pero hay relatos que ayudan a caminar, como tú bien dices.
Un abrazo.
Muy sentido y muy bien escrito Ana. Como asidua del ave Madrid/Malaga había presentido el terrible desenlace hace tiempo. Íbamos a peor. Desgraciadamente he tenido razón. Esperemos que al menos nuestro apoyo moral ayude un poco a las familias que soportan esa enorme pérdida. Un abrazo