
He visto obras que me han hecho reír hasta dolerme la cara y otras que me han dejado en silencio durante días, preguntándome por qué me habían tocado tan hondo. Y es que el teatro tiene esa capacidad de entrar por una rendija y quedarse dentro, como una frase que no sabes por qué te persigue
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 28 de marzo de 2026). Día Mundial del Teatro. No recuerdo exactamente la primera obra de teatro que vi, pero sí recuerdo la sensación. Era como si alguien hubiera abierto una ventana en mitad de mi cabeza y, de pronto, entrara aire nuevo. Un aire distinto al de la calle, más denso, más vivo. Desde entonces, cada vez que me siento en una butaca y se apagan las luces, siento que regreso a un lugar que, sin ser mío, me pertenece profundamente. Y quizá por eso, cada 28 de marzo, Día Mundial del Teatro, me descubro pensando en lo que este arte ha significado para mí y para tantos otros que, sin ser actores ni directores, encontramos en él una forma de entender el mundo. El teatro tiene algo que ninguna pantalla puede imitar: la fragilidad del instante. Todo ocurre ahí, delante de ti, sin posibilidad de rebobinar ni de repetir. Si un actor se equivoca, si una frase se quiebra, si una emoción se desborda, queda atrapado en ese momento irrepetible. Y esa vulnerabilidad compartida —la del que actúa y la del que observa— crea un pacto silencioso que me sigue pareciendo mágico. Es como si todos aceptáramos que, durante un rato, vamos a creer juntos en algo que no existe fuera de ese escenario.
CON LOS AÑOS HE COMPRENDIDO QUE EL TEATRO NO SOLO ENTRETIENE: TAMBIÉN EDUCA, SACUDE, INCOMODA, DESPIERTA. Es un espejo que no siempre devuelve una imagen amable, pero sí una verdadera. En él caben nuestras contradicciones, nuestros miedos, nuestras pequeñas grandezas. He visto obras que me han hecho reír hasta dolerme la cara y otras que me han dejado en silencio durante días, preguntándome por qué me habían tocado tan hondo. Y es que el teatro tiene esa capacidad de entrar por una rendija y quedarse dentro, como una frase que no sabes por qué te persigue. A veces pienso que vivimos en una época que necesita más teatro. No más espectáculos, sino más espacios donde podamos mirarnos sin filtros, sin algoritmos que decidan por nosotros, sin la prisa de lo inmediato. El teatro nos obliga a detenernos, a escuchar, a convivir con la historia que se despliega ante nuestros ojos. Nos recuerda que la presencia —la de verdad, la que no se mide en píxeles— sigue siendo insustituible.
TAMBIÉN ME GUSTA PENSAR EN EL TEATRO COMO UN REFUGIO. Un lugar donde las emociones pueden mostrarse sin pudor, donde la risa y el llanto conviven sin que nadie se sorprenda. En un mundo que a veces nos pide ser fuertes, productivos y eficientes, el teatro nos permite ser simplemente humanos. Y eso, aunque suene sencillo, es un lujo. Pero el teatro no es solo lo que ocurre en el escenario. Es también el murmullo previo, el crujido de las butacas, el programa doblado en las manos, la respiración contenida del público. Es la conversación a la salida, cuando intentas poner en palabras lo que has sentido y descubres que no es tan fácil. Es la sensación de haber vivido algo que no podrás explicar del todo, pero que te acompaña de vuelta a casa.

«Cuando pienso en el teatro, no pienso solo en un arte. Un lugar donde, por un instante, todos somos un poco más valientes, más sensibles, más conscientes».
CADA 28 DE MARZO, CUANDO SE CELEBRA SU DÍA MUNDIAL, ME GUSTA RECORDAR QUE EL TEATRO HA SOBREVIVIDO A GUERRAS, PANDEMIAS, CRISIS ECONÓMICAS Y CAMBIOS TECNOLÓGICOS. Ha cambiado de forma, de espacios, de lenguajes, pero nunca ha desaparecido. Y creo que no lo hará mientras sigamos necesitando historias que nos unan, que nos cuestionen, que nos hagan sentir parte de algo más grande que nosotros mismos. Por eso, cuando pienso en el teatro, no pienso solo en un arte. Pienso en un lugar al que siempre puedo volver. Un lugar donde la vida se exagera, se condensa, se ilumina. Un lugar donde, por un instante, todos somos un poco más valientes, más sensibles, más conscientes. Un lugar donde, sin darnos cuenta, aprendemos a mirar de nuevo. Y quizá esa sea la verdadera razón por la que el teatro sigue importando: porque nos recuerda que, aunque la vida no tenga guion, siempre podemos encontrar sentido en la historia que compartimos.





Más noticias