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Paquita Amador, la madre del escritor Lorenzo Silva, fallecida en Majadahonda

MANU RAMOS. «También quiero agradecer a los profesionales del SUMMA 112 Madrid y de la UCI del hospital Puerta de Hierro de Majadahonda (Madrid) sus esfuerzos para que mi madre pudiera salir adelante y luego para hacernos más llevadera su pérdida. No sabemos, a veces, el lujo de país que tenemos. Y por último, mi agradecimiento a mi amigo Javier Puebla por escribir esto. A través de sus ojos, que están limpios —esa mirilla que decía Kafka que es todo lo que tenemos— se ve muy bien quién era mi madre. Quien es y será, para los que la tuvimos». Con estas palabras, el escritor Lorenzo Silva ha agradecido las condolencias de los cientos de amigos y lectores que le han mostrado sus condolencias por el fallecimiento en Majadahonda de su madre, Paquita Amador.

Francisca Amador Calvo

Y su amigo Javier Puebla, cineasta, escritor, columnista y viajero galardonado con diversos premios, tanto en prosa como en poesía, que se hizo célebre por ser «el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año, «El año del cazador», 365 relatos que encierran una novela dentro», fue quien escribió su emotiva necrológica en Diario 16. El propio Lorenzo Silva se ha sentido «abrumado por vuestra respuesta, no llego a contestar a todos, pero a todos os doy las gracias, por la solidaridad y el aliento y en especial a quienes rezáis por ella. Como escribió Raymond Chandler, mantengamos o no la fe en Dios, nunca debemos olvidarnos de rezar: «Llevo días en silencio, por una razón. Ayer [viernes 24 de junio 2022], a primera hora de la tarde, mi madre, Francisca Amador Calvo, dejó este mundo. Se fue en paz y rodeada del amor de los suyos, para quienes fue el más bello regalo tenerla y en cuyo corazón seguirá viviendo».

Javier Puebla

JAVIER PUEBLA. No me lo creo. Cuando veo el guasap no me lo creo. No puede ser. Es imposible. Hablé con ella hace no demasiado tiempo, el 17 de febrero. Busco la llamada en el móvil: 34 minutos. Una conversación fantástica sin dobleces ni guardarnos nada, como siempre he hablado con ella. Le tengo tanto afecto. No me lo creo. Estaba bien. El ánimo tocado, sí, pero como el de todo el mundo en estos tiempos. No le pasaba nada grave ni definitivo de salud; me lo habría dicho. O quizás no. Dios mío, ¡qué pequeño soy! ¿Por qué no puedo impedir que las personas a quienes quiero se mueran?. Y mira que lo intento e intento. Escribo libros para que de algún modo sigan vivos, les mantengo vivos dentro de mí, pero por supuesto no puedo hacer que mañana bajen a comprar el pan y se tomen un helado… Excepto en un cuento. No basta, no basta con seguir vivo en un cuento, en el corazón de quien te ha apreciado y querido. Pero sí, tiene que bastar, porque no tengo más para ofrecerles. Erase una vez una chica que se llamaba Paquita Amador, era la madre de uno de mis mejores y más queridos amigos: Lorenzo, y me hice amigo de ella porque siempre me defendía, sabía ver que mi corazón era limpio; igual que el suyo. Mi afecto hacia ti es para siempre Paquita, mientras esté vivo, y también después si alguien sigue leyendo las palabras que escribo. Aún vamos a hablar muchas veces tú y yo: en mi pecho. Y tú lo sabes, ni siquiera hace falta que escriba te lo prometo. Estás conmigo y con todas las personas a quienes quieres y te han querido. Estarás en el eco de todas las cosas que has hecho: para siempre y por los siglos de los siglos. Qué gran regalo es saber que soy tu amigo.

 

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