
«Italia vive desde hace más de un siglo bajo la oposición simbólica entre la Lombardía próspera y el Mezzogiorno mediterráneo. Alemania arrastró durante décadas una fractura comparable entre el Oeste industrial y el Este heredado de la economía planificada. Incluso Estados Unidos conserva en su imaginario cultural la vieja diferencia entre el norte urbano y el sur agrario que marcó su historia política»
RUBÉN AMÓN*. Artículo publicado en El Confidencial el 15 de marzo de 2026. ¿Por qué Majadahonda está tan cerca y Getafe tan lejos? Puede tardarse lo mismo en llegar a un municipio que al otro, pero la brújula mental consolida la barrera norte-sur con que seguimos discriminando el mapa. Un ciudadano madrileño (y foráneo) puede tardar 20 minutos en llegar a Majadahonda y 20 minutos en alcanzarse a Getafe, pero la imaginación colectiva suscribe que el primer trayecto conduce a la civilización y el segundo a una periferia remota. La distancia real importa poco, prevalece la brújula social o mental con que la ciudad ha aprendido a orientarse. Madrid no distingue tanto entre kilómetros como entre direcciones jerarquizadas, de manera que el norte conserva el prestigio mientras el sur arrastra una reputación obrera que la geografía económica ha consolidado durante décadas. Basta observar los datos para comprender por qué la metáfora terminó adquiriendo los síntomas de evidencia. Pozuelo de Alarcón encabeza con frecuencia las estadísticas de renta media en España con cifras que superan ampliamente los 80.000 euros por habitante. Majadahonda, Boadilla del Monte y Las Rozas jalonan la cadena de los municipios más prósperos del país. Y el paisaje urbano, por si hubiera dudas, acompaña esa prosperidad con urbanizaciones extensivas, chalets adosados, colegios privados, centros empresariales y un estilo residencial que prolonga hacia el noroeste el cinturón acomodado de la capital.
EL SUR METROPOLITANO RESPONDE A UNA GENEALOGÍA DISTINTA, COMO SI FUERA UNA CONTRAFIGURA. Getafe, Leganés o Fuenlabrada crecieron durante las décadas del desarrollismo como ciudades industriales destinadas a acoger a las grandes migraciones interiores que abastecieron de mano de obra a Madrid. Allí se levantaron polígonos fabriles, barrios densos y avenidas funcionales pensadas para alojar a una nueva clase trabajadora que llegaba desde Castilla, Extremadura o Andalucía. El contraste económico continúa reflejándose en las cifras. Las rentas medias resultan sensiblemente inferiores a las del noroeste y el precio de la vivienda mantiene una distancia reveladora. Mientras el metro cuadrado supera con facilidad los cuatro mil euros en muchas zonas del arco norte, numerosos barrios del sur se sitúan aproximadamente en la mitad. La diferencia no se limita al dinero. También se percibe en el paisaje. El norte madrileño se abre hacia la sierra de Guadarrama y ha cultivado una estética suburbana donde predominan las urbanizaciones tranquilas, los parques empresariales y los centros comerciales que imitan la lógica residencial de las ciudades norteamericanas. El sur superpoblado y proletario conserva la memoria industrial de la segunda mitad del siglo veinte con bloques compactos, avenidas amplias y polígonos que recuerdan la vocación productiva con la que nacieron esas ciudades.
PODRÍA CONCLUIRSE QUE SE TRATA DE UNA PECULIARIDAD MADRILEÑA, PERO EN REALIDAD REPRODUCE UN PATRÓN CULTURAL MUCHO MÁS AMPLIO. Las sociedades modernas han aprendido a interpretar el mundo mediante un eje norte sur que no siempre coincide con la geografía física. Italia vive desde hace más de un siglo bajo la oposición simbólica entre la Lombardía próspera y el Mezzogiorno mediterráneo. Alemania arrastró durante décadas una fractura comparable entre el Oeste industrial y el Este heredado de la economía planificada. Incluso Estados Unidos conserva en su imaginario cultural la vieja diferencia entre el norte urbano y el sur agrario que marcó su historia política. La economía global ha terminado consagrando esa misma metáfora cuando habla del norte desarrollado y del sur del planeta. La dirección cardinal adquiere así un sentido moral. El norte evoca orden, eficiencia, estabilidad económica. El sur sugiere vitalidad, improvisación y también un cierto atraso estructural que los discursos económicos repiten con obstinación. Son simplificaciones, pero poseen una sorprendente resistencia cultural.
MADRID PARTICIPA PLENAMENTE DE LA MISMA CARTOGRAFÍA SIMBÓLICA. Durante el franquismo las nuevas clases medias buscaron hacia el noroeste el paisaje de la prosperidad atraídas por la cercanía de la sierra y por la promesa residencial del chalet que imitaba el sueño suburbano norteamericano. El sur quedó asociado al trabajo industrial que había levantado la ciudad moderna. La topografía social quedó fijada entonces y todavía organiza la percepción madrileña del espacio. Quizá por eso el sur parece más lejano aunque no lo esté. La distancia entre Getafe y Majadahonda no se mide en kilómetros sino en prejuicios imaginarios acumulados durante décadas. Mario Benedetti lo recordó con una dignidad melancólica en aquel poema donde afirmaba que el sur también existe, versos que Joan Manuel Serrat convirtió en canción para reivindicar una geografía muchas veces tratada como periferia. Madrid podría apropiarse de esa advertencia. Porque el sur madrileño no constituye una zona secundaria sino uno de los motores humanos que sostienen el metabolismo de la capital. Cada mañana cientos de miles de trabajadores cruzan la región para alimentar la maquinaria económica que se concentra en el centro y en ese norte que disfruta de mayor prestigio simbólico. La ciudad funciona gracias a ese movimiento constante que conecta ambos extremos de su brújula urbana. Pero el reconocimiento y el prestigio inmobiliario continúa viajando en una sola dirección.




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