El Paseante Inquieto: “¡Milagro en la calle Doctor Calero de Majadahonda!”

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Los atascos de Dr. Calero han “desaparecido” por “milagro”

EL PASEANTE INQUIETO. Majadahonda es una ciudad agradable en la que, desde siempre, a sus vecinos que trabajan en Madrid cuando regresan a ella les parece un oasis de paz, sin los interminables atascos y retenciones de la capital, sin las bocinas desquiciadas a juego con sus conductores. Sin embargo, anteriores alcaldes debieron de pensar que una ciudad de nuestra categoría, sin atascos y dificultades para aparcar, no iba a parecer una gran ciudad, por lo que la dotaron de planes urbanísticos nada ambiciosos, –urbanismo malandrín y trincón-, especulativos, sin grandes avenidas, que algunas parecen y otras ridículas por recochineo así rotuladas, y nuevas urbanizaciones con calles estrechas y angostos chalés de cuatro plantas y entrada a garaje en rampa. Mas contando con que en unos años los hijos de los majariegos crecerían y se motorizarían, entonces comenzarían, por fin, a surgir los problemas circulación y aparcamiento con los que daríamos la imagen de gran ciudad. Como es sabido, los poderes adivinatorios y futuristas de los políticos son inconmensurables, y conforme van trepando por el escalafón, se les van incrementando hasta rozar el infinito.

El Paseante inquieto

Más adelante, como su proyecto se lentificaba, tuvieron la feliz ocurrencia de quitar todos los semáforos y sustituirlos por rotondas, no importa que su pequeñez sea tal, que en algunas los coches van olisqueando el tubo de escape al de delante, como los perritos. Con este sistema sin semáforos, al menos, se forman unos cuantos atascos nada despreciables. Un claro ejemplo, desde la rotonda de Dr. Calero/Avenida de España hasta la de Dr. Marañón/Oriente, vemos suficientes como para poner de los nervios a conductores por culpa de los pasos peatonales. Pero todo sea porque parezcamos Madrid o Nueva York. ¡Qué gozada!
—El orgásmico circulatorio —filosofa el abuelo que sentencia desde un banco cercano.
Piensa lo contrario el conductor orgulloso de su Majadahonda, pacífica y tranquila, que se desespera cuando enfila Dr. Calero y no consigue pasar de la esquina de la Avenida de España y solo piensa que cuándo llegará a la gasolinera de Dr. Marañón, pues su hijo le dejó el coche en la reserva.
—Oiga —pregunta una impaciente señora desde su ventanilla a un parroquiano—, ¿por aquí se va al Pardillo?
—Según se mire, irse se va, pero…

Mientras, por el paso de cebra de Gran Vía/Reyes Católicos, cruzan y cruzan o se abalanzan peatones, la mayoría sin mirar y en tromba, o ciclistas que se creen en el tour de Francia. No pocos sustos, discusiones y accidentes se han producido, que nunca se tiene claro si el vehículo atropella al peatón o el peatón al coche.
—Yo creo que muchos de los peatones que cruzan son los mismos —conjetura el abuelo—, que se divierten así, en un ir y venir a ninguna parte.
Automovilistas y buseros, vecinos y muchos zascandiles y andariegos se quejan de retrasos, ruido, contaminación, nervios, pitadas, caos…, y piden semáforos en los pasos de peatones, sobre todo en el de Gran Vía. “¿Pero qué alcalde tiene bemoles de llevar la contraria a sus antecesores y coloca un mínimo de semáforos en los sitios conflictivos? —comentan, insolidarios, entre sí—, a la mierda parecer gran ciudad”.

Sin esperarlo, se ha obrado un milagro, presenciado por el sorprendido vecindario de Dr. Calero: se han acabado el embotellamiento, la impaciencia y las pitadas, los coches y autobuses circulan con normalidad, se respira mejor, los viandantes han dejando de cruzar en tromba por los pasos peatonales, ya sin ciclistas enloquecidos y discusiones, no existen sustos ni accidentes… Hasta las palomas zurean felices a la primavera. Parece increíble, y sin intervención municipal. Parecemos el pueblo tranquilo de antaño. ¡Milagro, han puesto semáforos! No, no ha sido tal, solo un milagro obrado por la maldita pandemia y el “quedatencasa”. Al abuelo a ratos en su banco, peleón contra el Covid 19, le pido su opinión, y con ese optimismo pesimista de su resignada experiencia, me responde:
—Es que no hay bien, que por mal no venga.

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