«Escribo en el cuarto que ahora es mío, al menos mientras estoy aquí, donde duermo bajo la mirada del tatarabuelo, Manuel González “O Caldeireiro”. Un hombre sumamente emprendedor, Pero mientras vuelva a la Majada sigo en la casa donde nací, Toeleira, 34, Xuvia-Neda (Coruña)»

VICENTE ARAGUAS. (29 de agosto de 2025). Volver a Casa. Cuando vuelvo a Majadahonda –los trenes varados estos días en que el fuego nos abate– también estaré en casa. Ser de ninguna parte es como serlo de todas, y las maletas son como el baúl donde refugiar las penas y echárselas a la espalda. Pero mientras vuelva a la Majada sigo en la casa donde nací, Toeleira, 34, Xuvia-Neda (Coruña). Estas son mis señales, un poco también mis cruces/ cicatrices mientras la vida avanza y repaso con dolor las bajas que el tiempo va dejando en mi entorno. Escribo en el cuarto que ahora es mío, al menos mientras estoy aquí, donde duermo bajo la mirada del tatarabuelo, Manuel González “O Caldeireiro”. Un hombre sumamente emprendedor, ferrolano de 1823, muerto en 1903, que construyó varias viviendas en línea, al aire de la carretera nueva, 1866, que dejaba a un lado el “Camiño Vello”. En un solar sobrante, mucho después (1941) la casa donde nací y estoy ahora, viendo pasar la vida, hasta que termine de pasar la mía propia. Calma. Cada cosa a su tiempo.

Vicente Araguas

MIENTRAS, ESTA MAÑANA CON NEBLINA, apaciento mis ideas y observo el monte vecino, Coto de Ancos, bien preparado, poca maleza, cortafuegos en condiciones, para evitar sobresaltos. Recuerdo muy bien el fuego de 1958, y el personal, voluntario, algún remolón instado por la Guardia Civil, creando cadenas con baldes de agua. Hay países, Portugal, Estados Unidos, donde los bomberos voluntarios no son asunto baladí. Y es que cuando la necesidad aprieta surge ese instinto solidario. Eso de que “el pueblo salva al pueblo” si no es fruto de la demagogia puede tener bastante de verdad. O así lo vi yo cuando era un niño sobresaltado por el espectáculo de aquellas llamas cebándose en los pinos (que hoy han dado paso a los eucaliptos; tantos, tan profusos que a veces echo de menos unos koalas entre ellos para que parezcamos más Australia todavía).

«Isla de la Repunta como una nave inflada de los mejores deseos, con los patos de otoño»

AL DÍA SIGUIENTE: DESOLACIÓN. Esa misma que estamos experimentando estos días de tristeza ardiente (existe, sí, y qué pena cuando lo que arde/ brilla tendría que ser la alegría) en que unos mueren, víctimas o indirectas, del fuego, y otros matan, por desidia, por falta de previsión, también porque siguen mirándose en el ombligo del desinterés colectivo mientras España se quema. Y lo digo a un paso, también, de la ribera de Neda/ Narón, estos días con las mareas “lagarteras” de agosto, las más generosas, casi como el “acqua alta” veneciana, que me lleva a ver mi Isla de la Repunta como una nave inflada de los mejores deseos, con los patos de otoño, los lavancos, dispuestos a posarse, efímeramente, como el solo de John Coltrane, en ella.

«Observo al gato blanco que me visita todas las mañanas en el tejadillo de enfrente. Pienso que algo quiere decirme y yo no sé qué podrá ser»

PERO ANTES OBSERVO AL GATO BLANCO que me visita todas las mañanas en el tejadillo de enfrente. Ese gato blanco, –una vez escribí un libro así titulado, “El gato blanco”– envuelto yo en aquel entonces en una pena amorosa, como la de esos gatos que impregnan su blancura de la penuria callejera. Algo así. Y pensaba, viendo a ese gato, cada mañana a la misma hora ante el tejado de la bodega, enfrente de mi cuarto, donde me acompaña el tatarabuelo, Manuel González “O Caldeireiro”, pienso que algo quiere decirme. Y yo no sé qué podrá ser. Algún mensaje, tal vez, de alguien, que más por timidez que por desafección u odio, impensables en ella salvo por trastorno transitorio, se ha trasvestido con piel de gato y viene a verme cada mañana a la misma hora. No sé. ¡Quién sabe! Entre tanto sigo en Xuvia-Neda, casi con el pie en el estribo del tren que me devuelva a Majadahonda. También mi casa.

Majadahonda Magazin