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El último Cuento desde Majadahonda sobre un Verano que se acaba: «El majariego que solo sabía pedir vermut»

El último Cuento desde Majadahonda sobre un Verano que se acaba: «El majariego que solo sabía pedir vermut»
«Una cerveza, un tinto de verano, una clara, un refresco de naranja, un mojito, una caña bien tirada…» Las terrazas de la Gran Vía de Majadahonda y la alternativa literaria que propone Miguel Sanchiz al pedir café… o un «vermut»

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 30 de septiembre de 2026). Cuentos Reales de Verano: El majariego que solo sabía pedir vermut. Diego era joven, guapo y majariego de pura cepa. Tenía esa alegría natural que hace que los amigos lo quieran y que los camareros lo recuerden. Pero también tenía un problema, uno de esos problemas que parecen pequeños hasta que se convierten en una epopeya personal: solo sabía pedir vermut. No era que le gustara especialmente. No era que fuera un experto en hierbas maceradas ni en aperitivos castizos. Era que, cada vez que llegaba a la barra con sus amigos, mientras ellos pedían cervezas, tintos de verano, refrescos o combinados, él se quedaba atrapado en un único sonido: vermut. Y así, verano tras verano, Diego bebía vermut. En fiestas, vermut. En cumpleaños, vermut. En bodas, vermut. En bautizos, vermut. En entierros… bueno, también vermut. Hasta que un día decidió rebelarse. Durante 3 semanas enteras se encerró en su habitación frente al espejo. Repetía una y otra vez la palabra que había elegido como símbolo de su libertad lingüística: café, caaaaafé, CAAAAAFFFFFFFEEEEEEE. Los vecinos pensaban que estaba ensayando para un casting de teatro experimental. Su madre llegó a preguntarle si estaba estudiando para barista. Pero Diego seguía, incansable, disciplinado, como un opositor de la fonética. Y al final, lo consiguió. La palabra salió fluida, redonda, victoriosa: café.

Miguel Sanchíz

ESE DÍA SALIÓ CON SUS AMIGOS MÁS FELIZ QUE NUNCA. Caminaba con la seguridad de quien ha conquistado un territorio interior. Esperaba con ansia el momento de llegar a la barra del bar para demostrar su nueva habilidad. Entraron en el local. Y allí estaba él: el camarero POR FAVOR. Porque en Majadahonda, por alguna razón sociológica que nadie ha estudiado, todos los camareros se llaman igual: POR FAVOR. Uno a uno, POR FAVOR fue tomando nota: una cerveza, un tinto de verano, una clara, un refresco de naranja, un mojito, una caña bien tirada. Y llegó el turno de Diego. Respiró hondo. Era su momento. Su triunfo. Su liberación. Con voz firme, potente, orgullosa, dijo: café, POR FAVOR. El camarero levantó la cabeza, lo miró con profesionalidad absoluta y preguntó: ¿solo o con leche? La respuesta llegó tras un instante de expectación. Un instante que no fue un instante, sino una eternidad microscópica, de esas que solo ocurren en los bares de verano, cuando el aire vibra, los ventiladores jadean y la humanidad entera parece contener la respiración. Diego seguía allí, con la boca entreabierta, los ojos muy abiertos y el alma en vilo. El camarero POR FAVOR lo miraba con esa mezcla de profesionalidad y resignación que solo tienen los camareros que han visto demasiadas cosas en la vida. Sus amigos, alineados como un coro griego de Majadahonda, esperaban el desenlace con un silencio reverencial.

LA PREGUNTA REBOTABA EN SU CABEZA COMO UNA PELOTA DE GOMA EN UN CUARTO VACÍO: ¿Solo o con leche? ¿Solo o con leche? ¿Solo o con leche? Era la antesala del fracaso, la frontera entre la victoria y el derrumbe. Un universo entero de posibilidades se desplegó ante él: si decía “solo”, ¿sonaría raro? Si decía “con leche”, ¿se equivocaría en la vocal? ¿Y si tartamudeaba? ¿Y si se le escapaba un “vermut”? ¿Y si POR FAVOR pensaba que estaba borracho? ¿Y si sus amigos lo miraban? ¿Y si el bar entero se daba cuenta de que no sabía pedir café? El tiempo se estiró como un chicle. Los ventiladores dejaron de girar. Las moscas se quedaron suspendidas en el aire. Un señor mayor dejó de remover su horchata con helado . Una pareja dejó de discutir. El camarero POR FAVOR esperó, con la paciencia de quien ha visto de todo. Diego abrió la boca. Y dijo con tristeza: VERMUT. Lo dijo bajito, casi en un susurro, como quien confiesa un pecado venial. No fue el “vermut” alegre de otros veranos, ni el “vermut” automático de las fiestas patronales, ni el “vermut” resignado de los domingos.

FUE UN VERMUT TRISTE, UN VERMUT DERROTADO, UN VERMUT QUE SABÍA A FRACASO Y A HIELO DERRETIDO. El camarero POR FAVOR lo apuntó sin levantar la ceja, como quien ya había visto caer a hombres más fuertes. Sus amigos lo miraron con esa mezcla de ternura y compasión que solo se tiene por los héroes que fracasan en causas pequeñas pero épicas. Y Diego, con la cabeza ligeramente inclinada, sintió que el universo le había dado una lección que no sabía cómo interpretar. Había luchado tres semanas. Había repetido “café” hasta desgastar las paredes. Había imaginado su triunfo como una escena de película. Pero allí estaba, derrotado por una pregunta sencilla, una pregunta que cualquier niño de cinco años habría respondido sin pensar. “¿Solo o con leche?” Esa frase, repetida por POR FAVOR con la precisión de un verdugo, había sido demasiado para él. Y ahora, con su vermut en la mano, Diego comprendió que hay batallas que no se ganan en la barra de un bar, sino en la intimidad del alma. Aun así, mientras daba el primer sorbo, algo parecido a una sonrisa se dibujó en su cara. Una sonrisa pequeña, tímida, pero real. Porque, en el fondo, Diego sabía que la vida es así: uno se prepara para decir “café”, pero el destino siempre acaba sirviendo vermut.