ÁLVARO PIÉLAGO. Desde hace tiempo llevo observando una deriva institucionalista que a mí, particularmente, no me gusta nada. Los intentos por matar y rematar a La Calle (No se cuantos llevamos ya, la verdad) hacía que creciera en mi una desazón y un mal humor terrible. No comprendía cómo todo aquello que se construyó de una forma abrumadora se podía derrumbar de la noche a la mañana. Durante este tiempo he estado buscando, leyendo, intentando entender qué nos ha llevado a delegar La Vida en un voto, o qué nos ha llevado a recluir La Vida en nuestros Centros de lucha social.
Ahora parece que palabras que antes sonaban fuerte, palabras como Procesos Constituyentes, como Auditoria Ciudadana de la Deuda, ahora suenan flojito, como si intentáramos no molestar a la rueda temporal del espacio electoral. Ahora ya no interesa el ruido, parece que ya no importa La Calle. Delegamos, y descentralizamos de la opinión pública a los Movimientos Sociales. Delegamos, y privatizamos el poder de convocatoria. Ya no tenemos un pie en cada vía. Ahora tenemos los dos caminando hacia las instituciones, por eso ya no es tendencia gritar, porque hay muchos que se juegan mucho en las Elecciones.
El institucionalismo ha triunfado, eso es un hecho. Sin embargo se nos olvida que ha costado mucho construir este clima social para jugarse toda la partida en una sola carta. Si en las siguientes Elecciones tanto municipales como generales no ganamos, corremos el riesgo de perder todo lo que nos ha costado tanto construir. Habrá quien piense que si se fracasa en las Elecciones se podrá volver a la calle, llámenme pesimista (y ojalá que no sea así) pero no se volverá con la misma fuerza con la que comenzamos este camino. Tocará volver a construir todo incluso desde más abajo de cero.
Lo dijimos, «Lo queremos todo y lo queremos ya»; y lo que hemos ido construyendo entre nosotras, paso a paso, lento pero con cimientos, puede que lo perdamos en un abrir y cerrar de votos…




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