
Fue una madre entregada, una hermana profundamente querida y una abuela adorada. Sus nietos encontraron en ella un refugio de ternura, comprensión y amor incondicional. Con ellos compartió risas, viajes, conversaciones y recuerdos que permanecerán para siempre.
TERESA LAJO MORALES*. Médico de Majadahonda. (Majadahonda, 20 de junio de 2026). Remedios: una vida de amor y fortaleza. Su misa funeral se celebra en la Parroquia Beato Manuel Domingo y Sol de Majadahonda este martes 23 de junio a las 20.30 horas. El pasado domingo 14 de junio de 2026, al alba, mientras dormía serenamente, nos dejó mi madre, Remedios. Su marcha deja un vacío inmenso, pero también una huella imborrable en todos los que tuvimos el privilegio de compartir la vida con ella. Fue una mujer extraordinariamente generosa, honesta y buena. Una persona de alma limpia, de esas que enseñan más con su ejemplo que con sus palabras. Siempre estuvo pendiente de los demás, siempre dispuesta a ayudar, a escuchar, a acompañar y a cuidar. En los últimos meses afrontó una enfermedad difícil con una valentía admirable. Nunca permitió que las limitaciones que le imponía la enfermedad eclipsaran su preocupación por quienes la rodeábamos. Incluso en los momentos más complicados seguía interesándose por nosotros, preguntando cómo estábamos y alegrándose sinceramente de nuestras pequeñas y grandes alegrías. Fue una madre entregada, una hermana profundamente querida y una abuela adorada. Sus nietos encontraron en ella un refugio de ternura, comprensión y amor incondicional. Con ellos compartió risas, viajes, conversaciones y recuerdos que permanecerán para siempre.
Nos enseñó a vivir con dignidad, a afrontar las dificultades con serenidad y a encontrar belleza en las cosas sencillas. Nos enseñó que la fortaleza puede convivir con la dulzura y que la verdadera grandeza se mide por la capacidad de amar. Quienes la conocieron recordarán su elegancia natural, su inteligencia, su sensibilidad y su enorme capacidad para hacer sentir importantes a los demás. Hoy siento profundamente su ausencia, pero también una inmensa gratitud. Porque tuve la suerte de ser su hija. Porque me quiso sin medida. Porque me dejó el mejor legado posible: su ejemplo. Y aunque luchó hasta el final con una entereza admirable, me gusta pensar que cuando comprendió que ya nos había dado todo lo que tenía que enseñarnos, se marchó en paz, con la misma serenidad con la que había vivido. Descansa en paz, mamá. Seguirás viviendo en mis hijos, en los valores que nos transmitiste, en nuestras reuniones familiares y en cada gesto de amor que aprendimos de ti. “Gracias por haber sido mi madre. Ha sido el mayor privilegio de mi vida.”







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