FEDERICO UTRERA. En noviembre de 2001 visité la “dacha” de Francisco Umbral en Majadahonda para llevarle “Libros de Madrid”, el volumen en prosa que acababa de editar con Hijos de Muley Rubio, editorial radicada también en Majadahonda. En mi prólogo recordaba que Umbral había rebautizado a Juan Ramón como «árabe oxfordiano«, añadiendo así “nuevos matices a los ecos arabigo-andaluces que viera Guillermo de Torre, muy cerca de los zéjeles y las muwaschajas” y el día se convirtió en una suerte de visita al templo. De Umbral solo conocía sus artículos en prensa, que tiraba a la piscina los libros que no le gustaban y que tenía un humor de perros. Con estos antecedentes me presenté junto al poeta Bretones y conocí la famosa “dacha”. Nos abrió la puerta María España, nos llevó hasta su marido y se ausentó. El escritor estaba tumbado en una especie de silla de dentista con las manos y pies flácidos. Se mostró extraordinariamente amable, pero nuestra timidez nos superó. No quisimos tomar nada, hablar de nada, escuchar nada. Con las mismas nos despedimos creyendo que ante nuestra pavorosa presentación el libro acabaría haciendo submarinismo, como otros miles que suponíamos llegaban a su casa.


Hay por lo menos dos Madrid en los que va descubriendo el poeta. En su primera venida a la capital, instado por Rubén Darío, descubre el Madrid clamoroso y sucio de Jacometrezzo, por donde había fatalizado Ganivet en un eterno carnaval, y adonde le meten Rubén Darío y Valle-Inclán en plena orgía modernista. Es de donde él iba a obtener sus caricaturas líricas sobre vivos y muertos, es decir «Españoles de tres mundos«, libro y género singular que el poeta debiera haber cultivado más por la riqueza y originalidad con que se produce retratando literariamente a lo mejor de la literatura española. Hay otro Madrid, el de los años 20, la Residencia de Estudiantes y todo aquel mundo de la cultura, la ciencia y la amistad inteligente, por donde pasaron desde Luis Buñuel a Severo Ochoa.
Este Madrid definitivo y norteño es el que gusta a Juan Ramón. Le gusta tanto que se lo inventa. Gente bien planchada, colina de los chopos, Madrid posible e imposible, altos del Hipódromo, etc. El inglés de referencias que hay también en Juan Ramón se complace en pasear e imaginar una ciudad que pronto sería la de los Nuevos Ministerios, ideados por don Manuel Azaña, es decir, mucha geometría, mucho arbolado, mucho silencio y algún tranvía perdido agitando su cascabel de calderilla, todavía con algo de tranvía de mulas y con algo de organillo, pero ya todo eléctrico y moderno. Aquí es donde se encuentra a gusto el poeta, aparte sus retiros a los sanatorios de los amigos, donde a veces le visita gente tan rara como Valle-Inclán. Y qué bien se entendían el dandy bohemiazo y el señorito andaluz recién lavado. Aquí es adonde vienen a verle quienes pronto serán la generación del 27 y donde el andaluz sueña un Madrid europeo, limpio, tranquilo como una inmensa ciudad universitaria por la que él pueda pasear pensando versos definitivos indefinidamente. Estaba ya ahí la dictadura de Primo y no digamos la guerra civil, pero el poeta hacía como que no se enteraba y seguía con sus sueños cívicos y líricos. Hay un mendigo que le mira detrás de los árboles, que le espía desde su hambre, y el poeta llega a tener miedo. Es un fleco de la revolución que ya se alarga hasta allí.
En la obra de JRJ se va produciendo, en esta paz, el tránsito del lirismo acumulado de Moguer al sentimiento depurado y lacónico de lo esencial. Aquí se anticipa el «Diario de poeta y de mar», aquí está naciendo una gran poesía europea y madrileña entre las arpas de los chopos y los soles de la colina. Hoy todo eso es un aparcamiento de coches. Porque Juan Ramón no trabajó en vano ni ociosamente cuando trabajó tanto, sino que, jardinero de sus profusos jardines interiores, tuvo que ir echando fuera toda la maleza modernista para quedarse cada día más puro, más silencioso, más lacónico, como ya hemos dicho, con un laconismo lírico que le fortalece y le acuña. Luego, mucho más tarde, en la vejez, vendría la totalidad arrolladora de «Espacio«, que le pone en las alturas de Eliot, como cuando las montañas se comunican por la cumbre, según dijera Nietzsche. Pero a la madurez tranquila, la piedra inalterable, la dureza sensible, pertenecen aquellos años madrileños de su gran poesía que, por añadidura, vendría a dar, como ya hemos dicho, toda una destellante generación.








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