
GREGORIO Mª CALLEJO. Los agentes de la justicia durante el Siglo de Oro son vistos como partícipes del saqueo al justiciable y se les atribuyen las peores cualidades morales. Y así es famoso el juego de palabras de Quevedo en el “Alguacil endemoniado”. Es muy significativo que cuando el diablo posee a un alguacil, aquel se acaba sintiendo “demonio alguacilado”. El soborno es utilizado masivamente. Ya hemos puesto ejemplos anteriores, pero la lista es infinita. Como “racimo seco, en las cáscaras” refiere Guzmán que quedó tras sobornar a los empleados de la prisión de Sevilla (Guzmán de Alfarache, parte 2ª, III, cap 7). En el mismo capítulo dice que su pleito quedó parado por no tener nada para “cohechar al escribano”. La percepción de una justicia cara, inútil y cohechada aparece también en La Pícara Justina: “Dios nos libre de pleitear en pueblos chicos, donde hace la cabeza del proceso la envidia; el proceso, el soborno; los autos, la afición; la apelación, la del alcalde; la revista, solturas y, sobre todo, el dinero» (Libro III, cap 1).

El propio condenado es en ocasiones una figura ridícula y despreciable. En la “Vida de Estebanillo González” (quizás la novela más descarnada de toda la literatura del XVII), Estebanillo, cuando es condenado a muerte y le conmina el sacerdote a que se encomiende a Dios, contesta que “aún no se ha encomendado a Baco”. En el episodio del rufián condenado a la horca que narra el Guzmán de Alfarache, aquel dice que “ya tengo rezado cuanto sé” y conmina a sus guardianes a que se emborrachen con él.
Llama la atención la diferente percepción de los tribunales reales que parece tiene el pueblo con respecto del de la inquisición. Con otro ejemplo de la literatura, una novela como “Fortuna Varia…” que ya hemos visto tan crítica con el sistema de justicia (parece ser que no es ajeno a ello el encarcelamiento que padeció el propio González de Céspedes), contiene un capítulo altamente elogioso sobre el tribunal inquisitorial. Y los propios protagonistas corren a dar parte al inquisidor de haber encontrado una hechicera, no por miedo, sino como clara interiorización de un deber moral (“…gracias a la incansable diligencia con la que la venerable y santa Inquisición… extingue y desvanece semejante semilla). Próximo y último capítulo: “la justicia es corrupta y el sistema de penas excesivamente cruel” (y VIII)


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