Historia de la Crueldad: la vida en la cárcel con sus huidas, sobornos y azotes (III)

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GREGORIO Mª CALLEJO. El caos carcelario está magníficamente estampado en el Guzmán de Alfarache, obra que añade también una tenebrosa descripción de la pena de galeras. En la segunda parte, III, cap 7 se describe que algunos presos consiguen escapar de prisión vestidos de mujer y Guzmán lo intenta provisto incluso de una espada. Además de reconocer las tropelías y abusos que él mismo cometía con otros presos, culmina su descripción la tremenda frase “allí (en prisión) aunque se conoce a Dios, no se teme” (parte 2, III, cap 8).

Gregorio Mª Callejo

En el mismo capítulo se narra el acceso por soborno que podían tener los presos al vino y como, cuando son llevados veintiséis galeotes a las galeras, quedan entristecidas las prostitutas por la suerte de sus rufianes. En el traslado a galeras, los condenados roban a un ganadero sus lechones ¡y el comisario que los acompaña no sólo no intenta evitar el robo, sino que les pide que compartan el botín!. Aunque ya no referida a España (pues los episodios narrados versan sobre la cárcel de Sevilla, con respecto de una en Bolonia, nos dice Guzmán que era “un vivo retrato del infierno” (Guzmán, segunda parte, II, cap 3).

También como “infierno” describe la cárcel Carlos García en su “Desordenada codicia de los bienes ajenos” (cap 1). En “Fortuna varia…”, la situación carcelaria se presenta como caótica y, como luego se verá, la buena disposición del alcaide, determina una fuga masiva. Efectivamente en la segunda parte segunda, III, cap 8, además de la descripción de la lastimosa vida que llevan los galeotes, se explicitan las formas de tormento aplicadas, incluso dadas por los propios penados a sus compañeros (como el pase de banco), o como azotan a algunos por robar hasta que “les hicieron levantar los verdugos”, es decir, las ronchas que levantan los azotes, “y después de bien azotados los lavaban con sal y vinagre fuerte, fregándoles las heridas, dejándolos tan torcidos y quebrantados como si no fueran hombres”. El cómitre acaba azotando incluso al mozo de varas porque no le parece que pegue con bastante intensidad, y el galeote después de una prolongada tortura confiesa su culpa creyendo que lo iban a “matar a palos”.

Los azotes aparecen en el Guzmán con frecuencia, bien como medio punitivo bien para confesar (como en el episodio de los eslabones robados de la cadena del capitán de las galeras, o el tormento que le dan a Guzmán cuando desaparece el cinto del sombrero del capitán, donde la descripción de la tortura es aterradora, con Guzmán colgado de las muñecas y azotándole los mozos en la barriga). Cuando se descubre el motín de un amigo de Guzmán llamado Soto en las costas de Berbería, condenan a los cabecillas a morir “despedazados de cuatro galeras”, cosa que no sé si sugiere que eran descoyuntados atando cada extremidad al espolón de una galera. Próximo capítulo: las penas a ladrones, ofensas al rey e ingratitud y villanías a las damas (IV)

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