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La agresión sexual a la cantante del grupo Dover en Majadahonda cuando tenía 18 años: «La noche cayó y ya nadie pudo salvarme»

La agresión sexual a la cantante del grupo Dover en Majadahonda cuando tenía 18 años: «La noche cayó y ya nadie pudo salvarme»
Según relata, todo comenzó cuando tenía 18 años y un hombre la agredió sexualmente cuando volvía a su casa de Majadahonda (Madrid) amenazándola con un cuchillo. «A partir de ahí, pasé a un estado que no puedo ni quiero describir», señala en sus memorias, donde recuerda el incidente como «el fin del mundo como lo había conocido. Perdí de un plumazo toda conexión con él. Y no la he vuelto a recuperar nunca. El demonio se la llevó»

MARIANA BENITO. (Majadahonda, 15 de septiembre de 2026). ¿Algunos recuerdan aquella tienda en el centro comercial Novotiendas de Majadahonda –llamada «Mariana», por Mariana Pineda– en la que dos chicas ayudaban?. La madre de Amparo y Cristina Llanos no sabía aún que sus hijas Iban a fundar un grupo musical llamado Dover, como una marca de ropa de Barcelona. La pareja triunfó en el panorama musical español pero ahora una de sus integrantes ha desvelado el terrible drama que ocurrió después. «El ‘infierno’ de Cristina Llanos, ex vocalista de Dover: «Perdí de un plumazo toda conexión con el mundo». La artista concede una entrevista con ‘El País’ sobre sus memorias «La noche cayó y ya nadie pudo salvarme» (La Esfera de los libros). Y la periodista Marina Prats comienza contando como el movimiento rock y punk en inglés en España «no habría sido entendido, para toda una generación, sin Dover. El grupo fundado en 1992 por las hermanas Amparo y Cristina Llanos, junto a Jesús Antúnez, que debutó con Sister en 1995, llegó éxito internacional en 1997 con ese «Devil came to me», con éxitos como Serenade o Loli Jackson. Sin embargo, para Cristina Llanos esos años de gloria –el grupo que se disolvió en 2016 tras una deriva pop– fueron un auténtico infierno a nivel personal con una agresión sexual, problemas de salud mental y una fibromialgia que acabó pasándole factura a sus cuerdas vocales».

«Cristina se abre en este libro como pocas veces ha hecho en ese estilo punk que ha marcado su carrera»

«Ahora, la que fuera vocalista de la banda ha publicado sus memorias bajo el título «La noche cayó y ya nadie pudo salvarme» (La Esfera de los libros) y ha concedido una entrevista con El País con motivo de su publicación. Según relata, todo comenzó cuando tenía 18 años y un hombre la agredió sexualmente cuando volvía a su casa de Majadahonda (Madrid) amenazándola con un cuchillo. «A partir de ahí, pasé a un estado que no puedo ni quiero describir», señala en sus memorias, donde recuerda el incidente como «el fin del mundo como lo había conocido. Perdí de un plumazo toda conexión con él. Y no la he vuelto a recuperar nunca. El demonio se la llevó», añade sobre los problemas de salud mental que la llevaron a pensar en quitarse la vida. Para ella, según cuenta en su entrevista con El País, los años con Dover los bautizó como «El Milagro»: «Éramos Amparo y yo, y Amparo era y es el amor de mi vida», señala en la charla. «La fibromialgia que empeoró con el paso de los años fue uno de los motivos por los que dejó de cantar, algo que no se plantea volver a hacer. «La mera noción de sufrir haciendo lo que antes era mi único refugio me rompe el alma de mala manera», señala. Mientras que su hermana Amparo continúa con su trayectoria musical y traduce y edita obras de Jane Austen, como ese recopilatorio de cartas de la escritora titulado «Afectuosamente tuya, Jane Austen», Cristina se abre en este libro como pocas veces ha hecho en ese estilo punk que ha marcado su carrera», concluye el resumen de Marina Prats.

12 comentarios

  1. Todavía me sé todas sus canciones.
    Un grupo que marcó una época para muchos cuando no había tantos españoles que cantarán en inglés.

    Qué buenos recuerdos!

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  2. Durísima. La inmersión literaria de Cristina Llanos, la voz de Dover, es nihilista y obscena hasta romperte el alma o deshacerte el estómago. Lo que llegue antes…

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  3. No todos los días se leen cosas como esta: «Vivo porque, aunque me avergüence admitírmelo a mí misma, no tengo huevos para matarme». Suena a Thomas Bernhard, pero con una admisión humillante que no busca conmover, sino ser exacta. En esa precisión brutal está la clave del libro: no es la crónica sobre la exitosa banda majariega, sino la autopsia en directo de una mujer que lleva 30 años luchando contra sí misma sin encontrar otro alivio que la pequeña paz que le proporciona escuchar a los Beatles en su céntrico piso de Madrid.

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  4. Buena parte del libro es una negociación imposible con la figura de un padre dominante y violento, temido por los hermanos en la casa familiar de Majadahonda. Al principio aparece como un maltratador sin matices; sin embargo, progresivamente el padre va ganando capas de ambigüedad. Cristina termina sospechando que la demencia vascular que marcó sus últimos años quizá ya estuviera allí, sin diagnosticar ni tratar, desde que ella era una adolescente. El giro, en todo caso, no lo absuelve: el miedo de las hermanas fue real; la violencia, también. Como ejemplo definitivo, la escena en que él la agarra del cuello, de noche, cuando ella tiene dieciocho años y acaba de sufrir una agresión sexual es de una crudeza que no admite atenuantes. Lo que aparece entonces es una tensión imposible que atraviesa todo el libro: cómo sostener a la vez el rencor y la compasión sin que ninguno de los dos anule al otro.

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  5. No esperaba que este libro fuera otra cosa que lo que Cristina Llanos quisiera contar. Es su historia, su dolor y, después de tantos años de silencio, tiene todo el derecho del mundo a contarla exactamente como le dé la gana. Y hace falta valor para poner por escrito algunas de las cosas que aparecen aquí: la violencia en casa, la agresión sexual, la anorexia, la depresión, la enfermedad, la dependencia de los fármacos, la muerte de su hermano y una sensación de sufrimiento que atraviesa prácticamente todo el libro. No querría estar en su piel ni haber pasado por una mínima parte de todo eso.

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  6. Lleva el pelo rosa, gafas de ver gigantes, joyas doradas y los pómulos bien marcados con colorete. Dice “guapa”, manda besos, es tímida, cálida y sonriente. A simple vista, cuesta encontrar a esa mujer que chillaba: “Devil came to me, he said ‘I know what you need”, pero lo cierto es que nunca nos dio tiempo a saber quién era ella realmente. Los que la conocieron en los 90, con el pelo corto, la camiseta gris y los pantalones anchos, dirán que fue un referente, una pionera, líder de algo que solo pasa una vez en la vida.

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  7. Escuchado en la SER: Amparo Llanos: «Mi hermana Cristina pensaba, y tiene razón, aunque yo no lo pensaba en su momento, que habíamos logrado todo y que el camino había sido increíble, pero cansado». «Tardé en entenderlo un año. Me dolió, pero nunca me enfadé con mi hermana»

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  8. Me han dejado rotísima los diarios de Cristina Llanos. Me encantaba Dover, pero eso es tan irrelevante cuando hay una mujer viviendo ese infierno… De esas declaraciones tan desafortunadas; NO es el momento de atacarla. En otro momento recapacitará, la prioridad ahora es otra.

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  9. Cristina Llanos, de Dover, habla del maltrato de su padre y sus intentos de suicidio: «Patadas y la cabeza en el lavavajillas»: Cristina sitúa parte del origen de sus problemas de salud mental en una infancia marcada por la violencia dentro de su familia. En sus memorias recuerda los episodios que sufrió junto a sus hermanos y describe una conducta de su padre que, según relata, incluía «insultos, patadas, empujones y los tirones de pelo», además de «peleas cuerpo a cuerpo y las cabezas metidas en el lavavajillas de la casa». https://www.divinity.es/actualidad/20260831/cristina-llanos-cantante-dover-maltrato-padre-intentos-suicidio-patadas-cabeza-lavavajillas_18_020049616.html

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  10. Hay una escena especialmente descarnada en 1994. Con 18 años, al bajarse de un autobús, un hombre la persigue, la agrede sexualmente y Cristina aparece en casa pasada la medianoche. Este es su relato de lo que pasó entonces: «Ciego de cólera, como se ponía cuando se sentía desafiado. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba llorando. Me agarró por el cuello de lo que fuera que llevaba puesto, el abrigo, supongo, no recuerdo si me dio tiempo a quitármelo, me estampó contra la esquina que hacían la pared de la cama y el armario empotrado, y a un centímetro de mi cara, con la voz llena de resentimiento y de un algo enfermizo, dijo: ‘Ándate con cuidado, Cristinita, que ahora no están tu madre ni tu hermana para defenderte’ […] ¿Nos maltrataba? Sí, lo hacía. Pero creo estar segura de que no era un sádico».

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  11. «Con el cuerpo dolorido y trastornado me levanté de la cama, me duché con mucho asco de tener que tocar lo que había tocado ese (me pasó durante mucho tiempo después, años, siempre que me duchaba) y acto seguido comencé el proceso de, por un lado, cerrar mi puerta al exterior bajo 7 llaves, y, por el otro, hacer como que aquello no había sucedido, de cara a los demás y a mí misma. Probablemente, la peor reacción posible. Las noches se volvieron aterradoras e interminables, los días agotadores e interminables igualmente. No sabía qué sentir. No entendía qué sentía. No lo podía demostrar abiertamente. Solo quería morirme. Lloraba y lloraba en silencio hasta que me dormía exhausta y un par de horas después llegaba el día siguiente».

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