
Durante un mes visité las principales ciudades palestinas y algunos campos de refugiados. Hablé con campesinos, mujeres activistas, sindicalistas, familias cristianas, un ministro del gobierno de la ANP, un dirigente del FPLP en una cárcel angloamericana, periodistas occidentales, periodistas locales, judíos americanos e israelíes defensores de los derechos humanos, y niños, muchos niños y niñas que salían a tu encuentro con una sonrisa y la mano tendida.
Fue una experiencia vital muy enriquecedora. Entendí que la ciudadanía no es un concepto sociológico cerrado como puede ser el concepto de clase. El concepto de clase es mucho más certero y resulta esencial todavía para entender cómo funciona el mundo, pero a la vez es mucho más difuso, en la actualidad, a la hora de movilizar identidades. Ciudadanía es un lugar común, un espacio simbólico que representa, o debería representar, las aspiraciones legítimas de la gente, aspiraciones sujetas siempre a los avatares de la Historia.
La Historia, dice Santiago Alba Rico, siempre la sufren los pueblos. En Palestina entendí que los palestinos y las palestinas no luchan por la patria, por la tierra o por Alá. Luchan por sus hospitales, por sus escuelas y universidades, por sus tomates y hortalizas, cultivados bajo la mirada del vigía armado en la torreta del asentamiento más cercano, por la seguridad de sus niños y niñas, de sus ancianos, por un empleo digno y por la vida misma. Esa lucha ha adoptado muchas formas diversas a lo largo de décadas de conflicto, pero su verdadera fuerza reside en la gente, una gente con la mirada limpia capaz de hacer funcionar una sociedad devastada, de sobreponerse a las peores adversidades y seguir resistiendo con dignidad. Son la sal de la tierra, el alma y el cuerpo de un país que existe solo porque ellos existen, y que sin ellos no sería más que un terruño yermo y estéril.
Tal vez se pueda aprender algo de esa experiencia. De todo lo que hemos perdido en nuestro país desde que estalló la crisis, de todo lo que hay que recuperar, reconquistar, de la necesidad de mirarnos a los ojos y estrecharnos las manos para trabajar hombro con hombro por esas aspiraciones legítimas, que han vendido al mejor postor quienes usurparon en su momento este lugar común y se erigieron en representantes de la gente, cuando lo eran en realidad de sus cuentas corrientes y de las de su camarilla. Tal vez debemos asumir que nuestro país, nuestra ciudad, no es nada sin las personas que la habitan, y que de ellas depende que las cosas puedan llegar a cambiar algún día.


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