La orquestina del Tío Capamonas, los Esquilas y Paco “el Pichu”: la “mili” en Africa y el Desastre de Annual

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CRESCENCIO BUSTILLO. Los quintos y sus rondas es otra costumbre que se ha perdido en Majadahonda. En la noche de los tiempos se empezaba por las víspera de Santa Catalina el 25 de noviembre, la Noche Vieja a continuación con pedida del aguinaldo el Primero de Año, y la noche anterior al sorteo que se celebraba el tercer domingo de febrero. En cada una de estas tres noches, los mozos que habían entrado en caja se juntaban con amigos y familiares, contrataban a los componentes de la orquestina y se pasaban rondando por las calles del pueblo, tocando y cantando los más variados cantares, unos improvisados y otros del dominio público, pero sin decaer un momento la alegría de la ronda. Los mozos que tenían novia o los que tenían puestos sus ojos en alguna muchacha, mandaban parar la ronda enfrente de los balcones o las ventanas de ellas y les cantaban canciones alusivas. Algunas escuchaban detrás de los visillos y otras se hacían las despistadas. Cada uno cantaba como mejor sabía, lo importante era no hacer el ridículo y cantar individualmente para no ser confundido, habiendo intérpretes que lo hacían tan mal que su canto provocaba la risa de los presentes.

La orquestina estaba formada por dos “Laudes” que tocaban los “Esquilas”, una bandurria o vigüela que tocaba el “Tío Capamonas” y una guitarra que la tocaba el “Tío Paco” llamado el “Pichu”. Estos hombres eran incansables y no paraban de tocar, beber y fumar en toda la noche, intercalando también alguna copla de su repertorio. El “Capamonas”, cuando llegaban a los bares o casinos haciendo un alto en el camino, se cantaba siempre la misma copla: ”Señores y Caballeros, ya podrán considerar, que el que toca la guitarra, de madera no será…”. Se paraba la orquesta, se echaba un cigarro y la bota llamada “Carlota” pasaba de mano en mano para que bebieran los presentes.

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En la “ronda” de la entrada de Año Nuevo se hacía un poco de lumbre en la Plaza de Majadahonda, puesto que casi siempre hacia frío, y la lumbre grande se hacía para el sorteo de los quintos. La víspera se iban los mozos con dos carros grandes tirados por tres y cuatro mulas cada uno a los montes cercanos, los cargaban de leña hasta rebosar y cargaban también un pino, que plantaban en medio del montón de leña que quemaban en la plaza. Este montón de leña era grandísimo, lo rociaban con gasolina antes de prenderlo y una vez prendido se formaban unas llamas gigantescas, habiendo lumbre para dos o tres días.

La gente, cuando más frío hacía, más se congregaba alrededor del fuego. Y siempre había velando gente durante toda la noche. Al llegar la mañana, los mozos empezaban a estar preocupados por el destino incierto que se les presentaba. Muchos no habían salido de las puertas del pueblo y les parecía un imposible tener que alejarse de él. Del grupo de quintos que tocaba cada año, los más bajos les tocaba en África, los medianos a la Península y los altos se libraban de hacer el servicio militar. Por tanto, no era de extrañar que estuvieran preocupados.

Crescencio Bustillo

El sorteo se hacía en el Ayuntamiento de Majadahonda, a la vista de todos, y sacaba las bolas cualquier niño inocente que estuviera por allí cerca. Las escenas eran para todos los gustos, desde el que lloraba de alegría por el número tocado en suerte hasta el que se quedaba desconsolado por la suerte adversa. Los que tenían la mala suerte de ir a África, cuando les tocaba presentarse a filas hacían una nueva ronda pidiendo dinero por el pueblo acompañados de los otros mozos y lo que sacaban se lo entregaban a ellos, que lo repartían entre sí para hacer más llevadera la “mili”. En ir al África había una injusticia muy grande, solo iban los más económicamente débiles. Tal es así que había agencias de personal sustituto y por poco dinero hacían el cambio con la autorización del Gobierno. El último sorteo que se celebró fue en el año 1.921, antes del famoso desastre del Annual. Después, como urgía llevar al Rif cuantos más hombres mejor, se suprimieron los sorteos definitivamente, modificándose constantemente la forma de hacer el servicio militar hasta nuestros días.

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