CRESCENCIO BUSTILLO. Así era el pueblo y su comportamiento con el trabajo, donde la cultura por falta de tiempo en la enseñanza, forzosamente tenía que ser modesta. Había escuelas, de niños y niñas por separado, para mal aprender a leer y escribir, aunque casi todo el mundo sabía poner la firma. En las escuelas se estaba obligado hasta los 12 años y se empezaba a los 6, salvo los que podían pagar y empezaban antes prolongando después. Lo más adelantado que podías llegar en la enseñanza que departían los maestros en el pueblo era saber las cuatro reglas en aritmética, leer de corrido pero sin saber ni dar sentido a lo que se leía, pasando otro tanto con la escritura.
En el invierno se daban clases especiales de adultos para recordar lo poco que se sabía de la primera fase de estudios. No había bibliotecas, por tanto no se conocían la literatura ni ninguna clase de ciencias. Los periódicos llegaban algunos todos los días, pero eran para los privilegiados, y todos eran de matiz conservador, hasta más adelante que llegaron los de tipo social y liberal. Las revistas iban a la par con los periódicos y otras facetas culturales, como el cine y el teatro, se pasaban grandes espacios de tiempo que no se veían ni lo uno ni lo otro. Hubo una vez que se formó una banda de música, pero duró poco tiempo, ya que había muchos intereses encontrados y pudieron más los egoísmos que los verdaderos ideales musicales. De esta incultura no tenía la culpa el pueblo, sino los caciques del mismo: no les interesaba que los hijos de estos verdaderos trabajadores salieran de su atraso porque así no les podrían disputar sus privilegios, gobernando y mangoneando al pueblo a su antojo.

Hay una cosa muy importante en las características de la gente que quiero hacer resaltar. Quizás sin darse cuenta nadie, salió por sí sola la costumbre de reunirse en un sitio llamado las “cuatro calles”. La gente joven y hasta madura, en cuanto comenzaba el buen tiempo o incluso aprovechando los ratos que daba el sol en el invierno, se reunían en este lugar. En ocasiones en tal cantidad que era imposible circular en aquel sitio. Las piedras planas que servían de asiento se las disputaban algunos en verano, se medió tumbaban en el suelo otros, en corrillos de pie. Y así, según el tema o la novedad que trataran en cada uno, era más o menos el interés que había en cada grupo o corrillo. Este sitio de reunión o tribuna publica era donde se analizaban y se narraban todas las novedades, locales y exteriores, se ensalzaban algunas hasta aumentar su volumen, pero las que eran dignas de censura se las criticaba sin piedad. Por eso creo que a lo largo del tiempo, sin nadie darse cuenta, este parlamento espontáneo sirvió para formar mejor a la gente, ya que nadie quería verse inmerso en una polémica pública que tuviera por Ateneo las “cuatro calles”, que era tanto como publicarlo hoy en televisión, pongo por ejemplo.

Allí se comentaba todo y había, como es de suponer, los que a través de tantas discusiones llevaban la voz cantante, bien por su facilidad de palabra o por su clarividencia al enjuiciar los casos. Lo cierto es que caso que se discutía allí, tenía que pasar por este tamiz o crisol, saliendo de ello una crítica sana que nadie se atrevía a contrarrestar sino que, aun «a regañadientes”, muchas veces se aceptaba por fin para que no tuvieran que volverse a ocupar de aquel que había dado lugar al debate. De cualquier forma nadie quería andar en lenguas y menos que su nombre y su conducta se pusiera en entredicho, ya que el haber sido juzgado moralmente en aquel lugar era como decir que el pueblo lo quería así y no había porque apelar. Por tanto, cuando he señalado el carácter moral y noble de la gente, creo que en su mayor parte se debe a esta tribuna pública, que sin querer creó una conciencia más pura de todos y cada uno de sus vecinos.





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