La antología de poemas y fotografías que el abogado Enrique Ortiz Sierra (en la imagen) seleccionó en esos 2 últimos meses del mismo año de su muerte (22 de febrero de 2026) son un ADN de su personalidad y sensibilidad. Dice el dramaturgo Fernando Arrabal que el poeta es siempre un visionario…

FEDERICO UTRERA. (Majadahonda, 4 de marzo de 2026). «¡Te releo como si estuvieras aquí todavía! Aún no me creo que no estés», decía uno de sus lectores. El poeta, abogado granadino y vecino de Majadahonda (Madrid), Enrique Ortiz Sierra (1967-2026) falleció el 22 de febrero a los 59 años de edad cuando practicaba deporte por el Monte del Pilar, una de sus pasiones medioambientales. Le faltó el aire que respiraba a grandes bocanadas o le falló el corazón, de tan grande que habitaba su cuerpo enjuto y austero. Desde el primer día que lo conocí, hace hoy 5 años, siempre tuve la intuición o el presentimiento que nos dejaría pronto a pesar de que detrás de su algo más que aparente fragilidad se escondiera un paladín y titán de las causas justas. Hablábamos casi todos los meses, al menos una vez, pero largo y tendido. Y la conversación siempre derivaba a la literatura. Soñábamos con la presentación de su último libro de poemas, que ahora será póstumo y también preparábamos la presentación este año 2026 en Majadahonda de «Otra vez la poesía» (Sonámbulos Ediciones, 2024) el último libro de nuestro común amigo, el poeta José Luis Bretones (Almería, 1966), en la Biblioteca Francisco Umbral, acompañado quizás por otros dos poetas de calidad como son Vicente Araguas y José María Rojas. Hoy habrá que dejarle a Enrique una silla vacía, como en aquel homenaje que le brindaron Carmen de Burgos «Colombine» y Ramón Gómez de la Serna a Mariano José de Larra en uno de sus célebres aniversarios laicos que ya han dejado de conmemorarse.

Federico Utrera junto a un cuadro de Cristino de Vera: «Canté, subí. Fuí luz un día. Arrastrado en la llama. Como un golpe de viento que deshace la sombra. Caí en lo negro. En el mundo insaciable. He sido» (Luis Cernuda. Fotos: Enrique Ortiz Sierra)

«ABOGADO. SIEMPRE EN LA POESÍA, PUBLIQUÉ TRES LIBROS PRESCINDIBLES Y ULTIMO «LECCIONES DE COSAS». SIEMPRE EN LA MÚSICA, INTENTO CORRER POR LAS MONTAÑAS», decía el perfil de Instagram de Enrique Ortiz Sierra. Nunca lo había visto ni leído. Su último mensaje tiene fecha de 19 de febrero de 2026, tres días antes de morir: «Nada debe durar demasiado. La noche sirve para borrar». Es un verso de Rafael Pérez Hernando (Madrid, 1953) de su libro «Las hogueras necesitan compañía» (Ed. Pretextos, 2023) con prólogo de Carlos Pardo: «Una mirada así de limpia». Resulta curioso: ese mismo día llamó a algunos amigos para avisarles que se le había pinchado una rueda de su coche cuando iba al Monte del Pilar para correr, como hacía todos los domingos. Eso le retrasó su horario. Todos pensaron que finalmente había abandonado esa última carrera, forzado por las circunstancias. Sin embargo, Enrique se enfundó el chándal y después de comer y echarse una breve siesta se echó al Monte. Era su último paseo. Dos meses antes, el 30 de diciembre de 2025, reproducía en su Instagram el poema de Bertolt Brecht (1953) titulado precisamente «El cambio de rueda«: «Estoy sentado al borde de la carretera, el conductor cambia la rueda. No me gusta el lugar de donde vengo. No me gusta el lugar adonde voy. ¿Por qué miro el cambio de rueda con impaciencia?».

«Ninguna luz viene de fuera y esta explosión es polvareda, un estallido y la metralla que cubre un cielo, ya no blanco. Y traspasa la luz. La hace añicos. El lienzo como campo de batalla.» Gracias por este estallido a @lamalagamoderna, un artista que «aprende a jugar». Y de qué forma. (Enrique Ortiz Sierra)

«No hay nada más certero que el pasado, pues tiene todo en él un orden confundido y un caos armonioso, conforme a su materia desvalida, de manera que busca allí –igual que quien remueve el cofre de un tesoro– aquella joya falsa a cambio de la cual diste tu vida» (Felipe Benítez Reyes. Fotos: Enrique Ortiz Sierra)

LA ANTOLOGÍA DE POEMAS QUE ENRIQUE SELECCIONÓ EN ESOS 2 ÚLTIMOS MESES DEL MISMO AÑO DE SU MUERTE (2026) son un ADN de su personalidad y su sensibilidad. Dice Fernando Arrabal que el poeta es siempre un visionario y el 3 de febrero Enrique reproducía el poema de Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960) de su libro «La misma luna» (Visor Poesía, 2006): «No hay nada más certero que el pasado, pues tiene todo en él un orden confundido y un caos armonioso, conforme a su materia desvalida, de manera que busca allí –igual que quien remueve el cofre de un tesoro– aquella joya falsa a cambio de la cual diste tu vida». El 1 de febrero era José Ángel Valente (1929-2000) el elegido por su libro «Interior con figuras» (1972-1976) y su poema «No detenerse«: «Y cuando ya parezca que has naufragado para siempre en los ciegos meandros de la luz, beber aún en la desposesión oscura, en donde solo nace el sol radiante de la noche. Pues también está escrito que el que sube hacia el sol no puede detenerse y va de comienzo en comienzo por comienzos que no tienen fin».

«Esta tarde legisla un quizá por el que cruza un corzo y este sol, que es un campo de batalla. El barro traza una ilusión y el corazón no calla nunca. Que sí a todo, dice» (Enrique Ortiz).

TAMBIÉN TENEBROSO E ILUMINADO ES EL POEMA de Enrique elegido para el 29 de enero. Es de Luis Cernuda y su famoso libro «Donde habite el olvido» (1932-1933): «Canté, subí. Fuí luz un día. Arrastrado en la llama. Como un golpe de viento que deshace la sombra. Caí en lo negro. En el mundo insaciable. He sido». Y el 25 de enero escoge otro de Claudio Rodríguez de su poemario «Casi una leyenda» (1991) que se titula «Sin epitafio«: «Levanta el vuelo entre los copos ciegos de cada letra. Deja a esta inocencia que se está grabando en el centro del alma. Deja tanto misterio y tanta cercanía, tanto secreto que es renacimiento. La vida se adivina. Vete. Deja esta armonía de dolor y gracia, tanta felicidad que es la verdad y ahora alumbra tu oficio con su silencio fugitivo, en son sereno como de agua a mediodía. Levanta el vuelo. No entres en este cuerpo entero: dónde está amaneciendo».

«Y yo siempre he pensado que las palabras más sencillas deben ser más que suficientes. Con decir lo que está pasando a cualquiera se le tendría que romper el corazón» (Bertolt Brecht. Fotos: Enrique Ortiz Sierra)

NO MENOS BELLO ES EL POEMA del 22 de enero de Luis Cernuda, también de su libro «Donde habite el olvido«: «No es el amor quien muere, somos nosotros mismos. Inocencia primera. Abolida en deseo, olvido de sí mismo en otro olvido, ramas entrelazadas, ¿por que vivir si desaparecéis un día? Solo vive quien mira. Siempre antes y los ojos de su aurora. Solo vive quien besa aquel cuerpo de ángel que el amor levantara. Fantasmas de la pena, a lo lejos, los otros, los que ese amor perdieron, como un recuerdo en sueños, recorriendo las tumbas, otro vacío estrechan. Por allá van y gimen. Muerto en pie, vidas tras de la piedra, golpeando impotencia, arañando la sombra con inútil ternura. No, no es el amor quien muere». La obsesión por esa muerte inminente es la constante de los poemas de Enrique Ortiz Sierra, que el 19 de enero reproduce otra vez a Bertolt Brecht: «Y yo siempre he pensado que las palabras más sencillas deben ser más que suficientes. Con decir lo que está pasando a cualquiera se le tendría que romper el corazón».

Y con la fotografía de la cima del Monte Abantos todavía cubierta por las nubes que a veces se divisa desde el Monte del Pilar, «la nieve de esta noche está algo más arriba de El Escorial» (Enrique Ortiz Sierra)

DE AHÍ EL ELOGIO DE LA AMISTAD que Enrique ensalza el 18 de enero con versos de Claudio Rodríguez de su libro «Conjuros» (1958) y que estima como algo valioso que se lleva a la otra vida:  «Siempre será mi amigo no aquel que en primavera sale al campo y se olvida, entre el azul festejo de los hombres que ama, y no ve el cuero viejo tras el nuevo pelaje, sino tú, verdadera amistad, peatón celeste, tú, que en el invierno, a las claras del alba, dejas tu casa y te echas a andar. Y en nuestro frío, hallas abrigo eterno. Y en nuestra honda sequía, la voz de las cosechas». El mismo 1 de enero vuelve a Claudio Rodríguez y su «Viento de primavera» de «Alianza y condena» (1965): «Ni aun el cuerpo resiste tanta resurrección, y busca abrigo ante este viento que ya templa y trae olor, y nueva intimidad…». Por eso quizás Enrique Ortiz Sierra escribió la noche del 31 de diciembre de 2025 su «Último paseo del año» con olor a despedida: «Ya habrá tiempo mañana de decir (o no). Ahora, lo importante: feliz año 2026 para todos y todo lo mejor. Si no, habrá que hacerlo. A enredar, como me recetó @mpilarsenpau» (Enrique Ortiz Sierra). Y con la fotografía de la cima del Monte Abantos todavía cubierta por las nubes que a veces se divisa desde el Monte del Pilar, «la nieve de esta noche está algo más arriba de El Escorial«, finaliza este poeta granadino nocturno y expatriado a Majadahonda (Madrid), que utilizaba la toga como disfraz matutino y que se llamó Enrique Ortiz Sierra. LEA LOS POEMAS DE ENRIQUE ORTIZ SIERRA EN SU RED SOCIAL DE INSTAGRAM PINCHANDO AQUI.

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