“Los efectos de una trama criminal local sita en Pozuelo y Majadahonda”: el PP, tercer partido de la derecha

PP en crisis, por Julio Valdeón (La Razón) y Graciano Palomo (El Confidencial)

GRACIANO PALOMO. La corrupción del PP no estalla hasta que en 2007 un modesto concejal popular de Majadahonda, José Luis Peñas, denuncia ante la Policía Judicial los tejemanejes de Correa con los dirigentes del PP y el cobro de comisiones ilegales en los que estaban implicados un buen número de nombres, básicamente en la Comunidad de Madrid. Y se acaba la fiesta. El estallido de la gran corrupción le pilla a Rajoy al mando, que toma en 2004 cuando Aznar decide hacer mutis por el foro. Había empezado y con mal pie la cuarta vida del conglomerado de acero y vidrio, carcomido todo él por una corrupción a la que Rajoy, ni siquiera Cospedal, aunque lo intenta, es capaz de pegar un tajo. La cuarta vida vendrá marcada a sangre y fuego por ese tal Bárcenas al que Mariano no solo no es capaz de mandar a paseo, sino que le asciende a tesorero, el máximo rango en lo relativo a las finanzas y economía de la casa, durante todo el mandato del registrador de la propiedad.

Graciano Palomo

Su miedo, su pánico ante los papeles que había manuscrito de su puño y letra durante lustros el ejemplar cántabro, le conducirá finalmente al cadalso, cuando dos jueces contra uno le sentencian como presidente corrupto al mando de un partido corrupto. De nada servirá que posteriormente la Audiencia Nacional y el Supremo pongan en su sitio al juez José Ricardo de Prada. España es un país de hechos consumados. Todo ello concluirá en la cuarta vida de un cuartel general/ Génova 13 enmudecido, pálido y sin posibilidad de futuro. Porque la propia sede nacional del que fue primer partido de España está investigada y bajo sospecha. El pavor más que descriptible del protagonismo de esa cuarta vida permitirá a la izquierda retomar el poder de una manera voraz y que España cambie de rumbo de manera abrupta, inquietante y a lo desconocido.

El 21 de julio del 2020 se inicia formalmente el quinto y último periplo de Génova 13. Pablo Casado, 37 años, ha ganado el Congreso Extraordinario a la ex vicepresidenta Saénz de Santamaría, candidata favorita del anterior presidente. Casado es recibido por los funcionarios de la casa el lunes 22 puestos a su disposición, junto con el resto del “círculo interior” que ha conformado a bote pronto, encabezado por el murciano Teodoro García Egea. Se niega a tomar posesión de su despacho antes que Rajoy no le dé posesión del mismo, cosa que se produce ese mismo día a primeras horas de la mañana. Una auditoría de urgencia (política, social y económica), que le hace ver la caída del PP tras la moción de censura victoriosa de la izquierda, el populismo, los independentistas y los republicanos, le hace llevarse las manos a la cabeza. ¡Esto está mucho peor de lo que pensaba! Y lo estaba.

Unas semanas después, recibe en ese mismo despacho que durante catorce años ha ocupado Rajoy, a un conocido y respetado consultor, especialista en situaciones de crisis, que ha solventado con gran éxito en grandes corporaciones españolas e internacionales. –¡Mi consejo, Pablo, es que te deshagas cuanto antes de este edificio…! Si es que quieres hacer borrón y cuenta nueva, porque el PP al día de hoy está muy desacreditado… –¿Tú crees? –pregunta el joven presidente nacional. ¿Tan importante es lo de la sede? –Creo que sí. Incluso yo me plantearía hasta cambiar de siglas… Dos años y medio después, tras el colosal fiasco en las elecciones autonómicas catalanas, el superviviente Casado decreta el funeral y entierro sin pompas de una casa sin la cual, para lo bueno y para lo malo, es imposible explicar casi medio siglo de la historia política de un viejo y cuarteado país al que todavía seguimos llamando España. Lo escribió don Claudio Sánchez Albornoz en su famoso compendio ‘España, un enigma histórico’: “El tiempo todo lo puede. Y las desgracias también”. Génova 13 espera, piqueta en mano, el inicio de un nuevo amanecer. Lea el artículo completo en El Confidencial.

Julio Valdeón

JULIO VALDEÓN. Las elecciones quitan y dan, y las últimas en Cataluña le han enseñado al PP el camino hacia la irrelevancia. Difícilmente puedes gobernar España reducido al bastidor más elemental en la periferia. Ante la hecatombe del 14-F la ejecutiva contempla estrábica las hojas del té. Recuerda a Enrique IV, que añoraba leer «el libro del destino y ver como el giro de los tiempos allana las montañas, y la tierra, cansada de tanta solidez, se funde con el mar…». El dinero negro, las corruptelas, fueron usadas en trabajos de fontanería. También sirvieron para cebar el relato de sus enemigos. Los albaceas de la moción de censura transformaron en una grandilocuente supernova los 245.492 euros derivados de una trama criminal local, sita en Pozuelo y Majadahonda. A efectos de la caída del gobierno de Rajoy dió igual que el partido sólo fuera condenado como ‘partícipe a título lucrativo’, esto es, como «un tercero de buena fe, que ha recibido unos bienes sin contraprestación pero desconociendo su origen delictivo y sin haber participado en la ejecución del hecho principal».

Tampoco ayudaron los apestosos precedentes de Valencia, ni las noticias sobre las libretas del tesorero Luis Bárcenas, cuyo chapapote fue destapado en una serie de columnas volcánicas por Raúl del Pozo. Huelga decir que para los tejedores de la entente entre el actual gobierno y las formaciones ‘nacionalpopulistas’ nunca importaron otros escándalos, verbigracia la condena de la plana mayor del PSOE en Andalucía por los 679 millones de euros, no digamos ya el 3% de CIU. Y aunque esto no enjuaga los escándalos ni la indignación desde luego sirve para calibrar mejor la desvergonzada rumba con la que buena parte del espectro mediático y político evalúa los deslices propios y ajenos. También advierte al centro derecha sobre la necesidad de encarar los errores, sacar pecho por los aciertos y, de una maldita vez, afrontar que lo sucedido en Cataluña estaba cantado toda vez que abrazó nuevamente la vía muerta del catalanismo, esa ficción con la que los nacionalistas fingían respetar los pactos constitucionales mientras roían la soberanía nacional y rellenaban todos los vacíos que iba dejando un Estado indiferente.

Rajoy salvó el Estado del Bienestar cuando estábamos a las puertas del desembarco de los hombres de negro. Pero su renuncia a hacer política dejó el campo libre para engordar el populismo ‘voxista’, que ensucia cuanto toca a la ‘podémica’ manera. No hay futuro para el PP si todavía cree que la moderación es sinónimo de buena sintonía, seguidismo y concesiones a los nacionalistas. Mucho menos si sueña con regresar a las décadas anteriores al procés, cuando Madrid nombraba hijo pródigo y constitucionalista del año y etc. a un cruce de Vito Corleone y Tyrion Lannister. «La ideología importa claro que sí», me explica un veterano del PP en Cataluña, «de hecho, Vox no ha gestionado nunca nada y ya nos ha ‘sorpassado’ en el Parlament y empieza a tener encuestas preocupantes, para los intereses del PP, en Valencia por ejemplo».

Entiendo que el PP apostase por presumir de buena gerencia cuando las banderas ideológicas disponibles olían a guardarropía. Comprendo menos el actual empecinamiento, mientras la pelea contra la hez identitaria y la reivindicación del ideal ciudadano tiritan en mitad del camino, traicionadas por una izquierda grogui, huérfanas desde que Ciudadanos resolvió suicidarse y, por supuesto, inalcanzables para un Vox que, sentencia mi interlocutor, «es voto de barra de bar, de barrabrava, del “hasta los cojones”, “a por ellos oeoeoeo…”». En resumen, zanja, «sí al memorable discurso de Casado hacia Vox en la moción de censura y sí a Cayetana y su lúcido mensaje contra Vox y contra el nacionalismo, y sí al uso inteligente de una emoción contenida, justa, adecuada y en pequeñas dosis». El PP no puede renunciar a la dimensión teatral de la política, pero tampoco dejarla en manos de quienes en su día contrataron al ‘spin doctor’ Redondo para que les hiciera una campaña ‘lepenista’. Lea el artículo completo en La Razón.

 

 

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