
«Cosa rara: alguien muy sensible a los razonamientos lógicos de los demás, que de buen talante aceptaba si le convencían. Delgado y aguileño, conocí a Carlos Bousoño en 1974 y en la vida nocturna de Madrid, que él entonces frecuentaba a menudo con Francisco Brines – su más cercano amigo en lo cotidiano- y un grupo diverso de poetas y críticos como Paco Nieva, Claudio Rodríguez, y el profesor cubano José Olivio Jiménez… Cuando lo conocí (y surgió muy viva la amistad porque Bousoño era naturalmente abierto y simpático) no hacía mucho que se había publicado «Las monedas contra la losa» -1973- uno de sus mejores libros de poemas y que fue Premio de la Crítica. Conocí a Bousoño por Brines, pero de palabra ya lo conocía, no sólo por haberlo leído, sino porque Vicente Aleixandre, que fue su mentor y su amigo más íntimo, me había hablado muchas veces de Carlos, que se pasaba a diario por Velintonia 3 (la casa de Aleixandre) a visitar al poeta y a su hermana. Fue una amistad cercana e íntima y por ello Aleixandre quiso que sus escritos y objetos íntimos fueran para Bousoño...», escribe Villena.


Congreso de Poesía (Segovia, 1952). De izquierda a derecha: Hierro, José Suárez Carreño, Ricardo Gullón, Vicente Aleixandre, José María Alonso Gamo, Marcial Suárez, Carlos Bousoño y Leopoldo de Luis.
«Era la primera vez que se admitía una tesis sobre un poeta vivo. Convertida en libro, «La poesía de Vicente Aleixandre» se publicó en 1950 y sigue siendo una obra capital para conocer la obra del futuro Premio Nobel. Pero para entonces Bousoño (que según su propia denominación pertenece a la 1ª Generación poética de postguerra, como Hierro o Gaos) ya hacía tiempo que había publicado -en 1945- su primer poemario con mucho de religioso, adolescente pero también existencial, titulado «Subida al amor». La poesía de Bousoño irá cambiando y creciendo desde lo existencial a un simbolismo nuevo y a una forma de ensayismo lírico (el ensayismo como metáfora) que lo convirtió en una de los poetas más notables de España, sobre todo entre los años 60 y 70, cuando aparecen dos de sus libros más valorados por la crítica y ambos premiados por ella: «Oda en la ceniza» de 1967 y el ya citado, «Las monedas contra la losa». Antes -y dejo aparte no pocas antologías- destacan «Primavera de la muerte» (1946, título que servirá para aglutinar su poesía completa en 1998), «Invasión de la realidad» (1962, entonces un claro cambio en su estética) y luego los últimos, más teóricos o complejos, «Metáfora del desafuero» (1988) y «El ojo de la aguja«, su último libro édito de poesía en 1993», señala Luis Antonio de Villena.
Y concluye: «Como he dicho, siempre drapeó el camino del poeta con el del teórico y con su múltiple faceta de profesor universitario y hombre muy abierto y vital. En 1951 publica (con Dámaso Alonso) «Seis calas en la expresión literaria española» y después su más famoso libro teórico -reeditado y ampliado- «Teoría de la expresión poética» en 1952. Entre sus obras fundamentales y ambiciosas,»El irracionalismo poético. (El Símbolo)» 1977, «Superrealismo poético y simbolización» (1978) y una obra muy caudal cuyo proyecto acaso no llegó a concluir: «Épocas literarias y evolución» (1981)».






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