PAULA BERBELL. Carpintero de profesión y hombre popular en toda la ciudad, donde deja innumerables amigos y fue objeto incluso de un homenaje, el mes pasado falleció en Majadahonda Julio Cabezudo Carazo. Era el hombre más viejo de Majadahonda, con 102 años de edad, pero quizás también el más querido. Y para muestra un botón: su sobrina Maribella Hernández López escribió su epitafio: «Hoy el homenaje te lo quiero hacer yo. Has sido un ejemplo para todos hasta el final, junto a ti hemos vivido experiencias que aunque pasaran otros cien años seguro no las viviríamos. Gracias tío por compartirlas, te vamos a echar mucho de menos. Nos ha dejado un grande. ¡Adiós Robert Redford!». Velado en el tanatorio y sepultado en el cementerio de Majadahonda, deja otros testimonios de amistad, como el de Carlos Montero Menéndez: «Después de 102 años irradiando felicidad y ganas de vivir nos dejó. Un abrazo a su hijo e hijas y demás familia para compartir dicha pérdida». Pero fue sin duda el de su hija Josefina Cabezudo el que resultó más conmovedor:
El homenaje del centenario resultó entrañable
«Muchas gracias a todos los que le habéis conocido y a los que no también. Quiero también dar las gracias a aquellas personas que nos han acompañado en este último viaje de esa gran persona que era mi padre, allí donde esté le querrán cómo lo han hecho todas las demás personas que le conocieron. Siempre luce una estrella más en el cielo y hoy se iluminó otra más con la presencia de mi padre querido. Hemos perdido a una gran persona y un excelente padre. Así es la vida, todos los nuestros nos van dejando pero aún quedamos sus hijos, que hemos vivido tantos años en este nuestro querido pueblo, que aquí moriremos seguro y que allá están todos protegiéndolos. Muchas gracias por esas bonitas palabras de todo corazón».
Carpintería Cabezudo, emblema de la ciudad
Se refería a las de Cristina López: «Ahora que le veo es cuando me he echado a llorar. He pasado toda mi vida viendo a tu padre por las calles de Majadahonda. Se van marchando y la verdad es que Majadahonda ya no es como antes sin ellos, porque Majadahonda para mí la hacemos todos nosotros los majariegos. Que impotencia. Lo siento. Pienso algunas veces que existirá otra Majadahonda donde estén todos ellos y confió en reunirme con todos y volver a empezar. He sido y soy muy feliz con todos vosotros y me paseo por el pueblo cuando me siento sola solamente por veros. Sois mi gente». Paloma Perez Villegas también expresó públicamente sus condolencias: «Podéis estar orgullosos del padre que habéis tenido, de lo buena persona que era, del trato que daba a la gente, de esa paz que trasmitía, es de las personas que dejan huella , de las que aprendes y dices: «No se tenían que morir nunca». Ya no te voy a guardar más el periódico, amigo Julio, pero siempre te llevaré en mi corazón y estaré orgullosa de haberte conocido. ¡Hasta siempre, Amigo!»
Su hija Amelia Cabezudo Hernández también mostró su agradecimiento por las condolencias: «Gracias Paloma por esas palabras tan bonitas que dedicas a mi padre, gracias por el cariño que le has dado y gracias por habernos acompañado en momentos tan duros. Un abrazo». Julio Cabezudo nació en Madrid en 1914 y el pasado 2 de julio cumplió 102 años. Hace dos años, el Ayuntamiento de Majadahonda le dedicó un acto de homenaje por su centenario en el que fue recibido por el alcalde, Narciso de Foxá, que le entregó una placa de reconocimiento. Acompañado por sus hijas, Josefina y Amelia, su nieto Guille y amigos de toda la vida, Julio Cabezudo «entró en el Ayuntamiento a pie, haciendo gala de una salud de hierro y contando anécdotas de su vida», según reflejó la revista El Iceberg. Aunque era originario de Madrid, hace cerca de 60 años llegó a Majadahonda para casarse con Dionisia Hernández, nacida en la hoy ciudad y con la que fundó una familia y una carpintería que bautizó con su nombre. En la actualidad, su hijo regentaba el negocio en la calle de Doctor Calero. Julio paseaba a diario por la Gran Vía junto a sus amigos, Julia de 86 años que era “algo de familia”, y Gregorio. “Nos sentamos juntos en algún banco. Recordamos los motes que nos ponían a todos. Nos reímos y pasamos buenos ratos”, aseguraba el día del homejaje por su centenario.
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