Ramiro Aguilar, el presidente que puso nombre al “Cerro del Espino”: tres generaciones unidas por el Rayo Majadahonda

De izquierda a derecha: David Aguilar, Ramiro Aguilar y Álvaro Aguilar

JUANMA CUETO. Ramiro, David y Álvaro. Tres generaciones unidas por un mismo sentimiento. Su cariño inmenso por el Rayo Majadahonda. El club de su vida. La escuela de todos. Una escala de valores, perfectamente definida, con el balón siempre de fondo. El abuelo encendió la mecha. La semilla para inculcar a David los colores de su equipo y la pasión de un pueblo transformado en una gran ciudad con el paso del tiempo. Álvaro lo ha mamado desde la cuna. Tiene 15 años y no se pierde ningún partido de su “Rayito”. Vestir la camiseta blanca con la franja diagonal roja en el pecho es el plan perfecto para apoyar a los suyos. Sangre majariega. El árbol de la vida. La esencia de nuestra propia existencia. Fuerza, orgullo y positivismo. Raíces profundas.

Juanma Cueto

Ilusión, lealtad, sacrificio y señorío. Palabras clave que aparecen en el himno del Rayo y que definen la figura de Ramiro Aguilar. El primer presidente de un equipo histórico del fútbol español. Señas de identidad de un hombre bueno, culto, cercano, entrañable, servicial y currante que puso la primera piedra para el nacimiento del club en 1976. Un tipo muy querido en el barrio. Los socios pagaban 25 pesetas al mes. De la Tercera Regional Ordinaria dio el salto a Preferente bajo su mandato, con Gonzalo Hurtado como entrenador, y desde entonces su progresión ha sido constante, llegando incluso a competir en Segunda División hace 2 temporadas. Echó a su primer técnico siendo líder porque no admitía que los jugadores le menospreciaran sin poner remedio. Sufría viendo cómo el vestuario podía con el míster. Otro ejemplo. Los valores siempre por encima de los resultados deportivos. La base perfecta para crecer en los despachos y en el terreno de juego.

Ramiro Aguilar puso el nombre “Cerro del Espino”

Ramiro puso el nombre al estadio. El “Cerro del Espino” le debe todo. De la nada se pasó al todo. Presidió el Rayo hasta 1984. Dejó el club con 540 socios cuando al principio eran apenas 60. Brillante gestión. Mirada sabia. Un adelantado a su época. Mente privilegiada. Nunca veía los partidos sentado. Los nervios podían con él. El furor de la batalla en el césped se trasladaba a la grada. Cigarro tras cigarro. Así los noventa minutos. Sentimiento total por los colores de su equipo. Ahora disfruta como aficionado de la obra que él mismo creó junto a los miembros de su primera Junta Directiva. Es el socio número 2 del Rayo. El primero es Vicente Paredes, su fiel escudero en los inicios. El hombre que se encargaba del material, de cobrar a los socios “de bar en bar” y hasta de marcar las líneas del campo. Ramiro siempre le estará agradecido por su eterna colaboración. David y Álvaro tienen delante el espejo ideal para empaparse de la historia de un club campeón. También lo dice el himno. Ramiro ya se frota las manos. Muy pronto el Rayo volverá a jugar en casa. Un domingo no sería lo mismo sin fútbol y, por supuesto, sin su familia. Un placer conoceros. De verdad.

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