FEDERICO TRINIDAD. Truenos, centellas, relámpagos, tormenta, aguacero y hasta un apagón hicieron este domingo al Rayo Majadahonda sentirse cómodo contra el Real Madrid-Castilla durante 80 minutos, pero finalmente cuando escampó los blancos –este domingo vestidos de gris y confundidos con el cielo encapotado– les aguaron la fiesta. A los pupilos de Zinedine Zidane les bastaron 10 minutos para llevarse los 3 puntos. Un partido raro donde los majariegos dejaron una magnífica imagen pero se van de vacío y a los “merengues” se les atragantó el encuentro pero se marchan de la ciudad con todo el botín. Y paradójicamente, lo que más temía Zidane del Rayo Majadahonda fue lo que al final no se vio en el partido: su supuesta experiencia o veteranía. No fueron capaces los locales de dormir el encuentro ni siquiera con el 1-1 a falta de 10 minutos ni tampoco se colgaron del larguero o pusieron un autobús frente al solvente Basilio. No simularon lesiones, no demoraron los fueras de banda, los saques de puerta, los corners o las faltas. Les pudo su ambición por la victoria y las ganas de agradar a una afición que soñaba y casi tocaba un histórico triunfo. Y a falta de esos 10 letales minutos, dos jugadas de habilidad y ratonería del joven Real Madrid-Castilla pudieron con un anonadado y cariacontecido Rayo Majadahonda.
Los primeros 80 minutos fueron una maravilla de juego local. Sus más preciadas características, toque, pase, triangulación, diagonal, profundidad y llegada, resultaban decisivas. Hasta 6 jugadas de gol desaprovecharon los majariegos, pero la pelota se resistía a entrar en la rejilla del confesionario de la verdad gracias al portero Abad, que encandilaba a su feligresía y mantenía la iglesia blanca cerrada a cal y canto. Finalmente Alex, en la acción más embarullada, acertaba a romper las mallas. Pero quedaban 35 minutos que se iban a hacer eternos.
El míster local, Antonio Iriondo no se arredró. Lejos de encerrarse, mandó tenacidad en el dominio del balón y el Real Madrid-Castilla tuvo que replegarse. Zidane temía el segundo gol, pero éste no llegaba pese a las acometidas majariegas. 25 minutos estuvo así el Rayo Majadahonda, hasta que llegó lo que a todos preocupaba en la grada, con mayoría majariega pero con los ruidosos “Ultra Sur” cercados por la Guardia Civil poniendo el incansable cántico de fondo: contra Florentino, la constructora ACS y el At. Madrid, pero siempre a favor de los suyos. Aunque parezca increíble su comportamiento fue ejemplar: “somos ultras, no delincuentes”, coreaban al unísono.
El resultado dice que Zidane, sin embargo, se mostró más perro viejo que el veterano Iriondo: sacó a sus dos estrellas del campo, Borja Mayoral y Odegaard, y dio entrada a su hijo Enzo, Álvaro y Mariano. Este último fue quien resolvió el encuentro, aunque el cambio de constructor y de delanteros resultó determinante ante una zaga majariega quizás desguarnecida y seguramente muy cansada y castigada por las diabluras de los nuevos atacantes y las tarjetas. No fue un resultado justo pero ¿acaso un partido siempre lo es? Dicen los sabios que la equidad de este deporte se produce solo a final de temporada. Y si el Rayo Majadahonda se quedó sin 1 o 3 puntos merecidos, según se mire, en otros campos los obtendrá injustamente. Porque sí quedó claro, a tenor de los análisis locales y visitantes, que si continúa jugando así, el Cerro del Espino puede convertirse en lo que ya era y es: un campo inexpugnable no por su afición, que domina el arte del silencio como los más severos magistrados, sino porque sus futbolistas juegan mejor.
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