
Los cuatro libros de poemas del abogado Enrique Ortiz Sierra, el último de ellos inédito que iba a ser publicado por la editorial Pre-Textos en Valencia cuando el poeta falleció
JUAN CARLOS FRIEBE. (9 de marzo de 2026). “Infandum, Regina, Iubes Renovare Dolorem” (Virgilio) [«Reina, me ordenas renovar un dolor indescriptible»]: Una historia íntima, una aclaración a Majadahonda Magazin. En primer lugar quiero daros las gracias por vuestras condolencias, queridas y queridos amigos. No esperaba tantísimo cariño. Solo quería recordar a Quique, para mis adentros. La mañana del lunes, cuando lo supe nada más despertarme, al ver en mi móvil la fotografía que me envió Manolo “Pícaro”, sin ningún mensaje que la explicara, sentí que algo había pasado. Cuando vi que su grandísimo amigo Eduardo también me había escrito, al abrir el mensaje solo confirmé que la vida volvía a marcarnos a hierro, con otra muerte temprana y, por temprana, más injusta. Pero solo pienso en su madre, en sus hermanas, en Eduardo y Manolo, en sus compañeros de clase de los Agustinos, y en quienes más le querían, sin citar más nombres, y le quieren, y le seguirán queriendo siempre.

Carla Friebe/Juan Carlos Friebe, amig@ de Enrique Ortiz Sierra (Majadahonda), describe su amistad con el abogado y poeta granadino vecino de Majadahonda (Madrid) y matiza un equívoco con MJD Magazín
QUIQUE SIEMPRE ME LLEVÓ UN AÑO-LUZ DE VENTAJA EN TODO. Ojalá no en el momento de irme. Y por supuesto, siempre escribió mejor que yo, entre otras razones porque devoraba poesía: la leía en diagonal, de abajo a arriba, la seguía, le apasionaba: la leía toda. Yo siempre fui más tiquismiquis. Pasado mi primer poema, que se publicó en la revista del colegio en abril de 1982, el primer poeta vivo al que leí fue a Quique. Porque Quique siempre fue poeta. El primer y el último poeta. Desde el principio de los tiempos. Y él quien me acercó a los poetas vivos: a Miguel D´Ors, a Vicente Sabido, a Antonio Carvajal, a Luis García Montero, a Javier Egea, a tantos otros. Me prestaba sus libros, que yo no siempre le devolvía. Luego me dio, jamás se lo agradeceré bastante, a Claudio Rodríguez, quien muchos años más tarde supe que le había llegado a él por otro gran poeta, Pepe Gutiérrez. Conservo una preciosa carta suya, cuando me publicaron “Poemas perplejos”, en 1995, dirigida a «su tierno cachorro”. Y lo era: no por tierno, sino por cachorro. Recuerdo que el día que escribí el que considero mi primer poema, esto es, un objeto artístico de alguna dignidad, le llamé para decírselo: “tío, Quique, me ha pasado un poema por encima”, recuerdo que le dije, por teléfono. Pero no todo para mí con él fue esta rara cosa de hermandad poética, de hermano menor, yo, que admira al mayor, mucho más. Él fue parte de mi adolescencia, de mi juventud. Apenas lo vi en los últimos veinte años: pero quienes se quieren saben que veinte años son nada.
EN SEGUNDO LUGAR, BUSCANDO 2 DE SUS LIBROS, que debí prestar (en justa venganza por mi pasado rapaz) a alguien (como la poesía de Claudio Rodríguez: una infeliz coincidencia, que tampoco me devolvieron) me puse a bichear buscando poemas suyos que pudieran circular por internet y me encontré con que Majadahonda Magazin había publicado mi post, incluso algunos comentarios vuestros, y el poema “Fe de vida”, que cerraba “Enseñando a nadar a la mujer casada”. Aclaro que no lo escribió Quique: se trata de un poema que, en su día, escribí para mi propio cumpleaños, y me pareció que sería bonito homenajearle a él, por el contenido: porque faltaban invitados a mi brindis: como “el Willy”, como “el Pepito”, y en el pasado y tristísimo febrero, como Quique. Para distinguirlo, porque Facebook no te permite editar adecuadamente ciertos textos, introduje una cita de un poema de “Extraño abordaje”, este sí de Quique, en concreto el final de poema V que comienza, por Dios, qué hermoso escribía: “Todo lo terso y dulce de la lluvia / hace tanto y qué lejos”.

Artículo del magistrado Carlos Javier Galán sobre Enrique Ortiz Sierra que también publicó Majadahonda Magazin
PERO AL MARGEN DE ELLO, EL ASUNTO TIENE SU LADO DIVERTIDO, porque al copiar algunos comentarios (y Quique se descojonaría, estoy segurísima) quien lea el texto en Majadahonda Magazin todavía estará rascándose la cabeza, preguntándose quiénes serán los tales Juan Carlos, Günter, y sobre todo quién es esa Carla a la que tan cariñosamente habéis expresado vuestras condolencias. Vosotras, vosotros que me leéis, sabéis que Juan Carlos es mi nombre de pila bautismal, y Juan Carlos Friebe, hasta dentro de poco, el que figura en mi DNI. Carla Friebe, que no es una hermana, ni un apodo, ya sabéis, es esa desdichada criatura, yo, que intenta, lo mejor que puede y sabe, resolver una cuestión íntima vital, no sin llevarse hostias como panes, en ocasiones, y que gracias a vuestro cariño se sostiene sin ningún orgullo, pero con una tímida dignidad. En cuanto a “Gunter” (Günther, en realidad: el nombre de mi padre) es y fue mi nombre de guerra para Willy, para Pepito, para todos los que me conocieron en mis tiempos de adolescencia negligente y juventud atroz: y me temo que seguirá siéndolo para Manolo y Eduardo. Dejé esta nota guardada, en el ordenador, con la intención de no colgarla en Facebook. Me parecía horrible escribir sobre el óbito, de nuevo, o cualquier cosa relacionada. Sin embargo, esta mañana un amigo me envió la reseña en Granada Hoy (5/3/26), primorosamente escrita por Carlos Javier Galán, en la que citaba unos versos de “Fe de vida”, el poema que quise dedicar en su memoria, atribuyéndoselos a él. No fue culpa de Majadahonda Magazin, ni de Carlos Javier Galán, este equívoco. Pero conste el error. En el final de un no-poema con forma de poema, que aparece en “Hojas de morera”, concluyo diciendo, de las cosas que salvaría del mundo, “y el poema VIII / del libro segundo / de cierto libro / por el que daría mi vida /”. Ese poema VIII, como el de la cita que encabezaba “Fe de vida”, estaba en “Extraño abordaje”, de Quique: y en él sonaba aquel disco de The Smiths, que a veces escuchaba en su casa con él, porque mi tocadiscos estaba enchironado en el salón (impenetrable: los salones de muchas familias eran impenetrables, o solo accesibles para los padres y sus visitas) de la casa de mis padres. Y perdóname, querido amigo, que el martes no asistiera a tu sepelio. No hubiera sido buena compañía. Tampoco es que mi páncreas me ayudara a subir a San José. Pero esa es otra historia…







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