
Debo decir que no era de los más tontos en el manejo de las cartas, ganando un 65% de las veces según también la clase juego. No obstante reconocí que no compensaba el estado de nervios que se apoderaba de uno, no solo durante el juego sino incluso de noche en la cama, pues todos los sueños eran sobre lo mismo. Hubo momentos que no nos dejaban jugar al «Monte» porque estaba prohibido en el pueblo y nos íbamos a jugar a las casas solitarias del campo. Alguna vez en nuestro fanatismo nos fuimos al Cementerio y en el Depósito de Cadáveres, a la luz de una vela, nos jugábamos los cuartos como los «golfos», sin ninguna clase de escrúpulos ni de respeto hacia los muertos. Solo pensábamos en satisfacer nuestro anhelo de jugar… Una vez estando en una casa de campo llamada la «Reguera» se presentó la Guardia Civil y menos mal que el centinela que teníamos de vigilancia nos avisó. Salimos corriendo a trompicones no pudiendo coger a ninguno, pero el susto que nos dieron y la carrera que nos pegamos no se me ha olvidado en toda la vida.
Con los otros juegos tolerados se pasaba más el tiempo y no se perdía ni se ganaba el dinero tan rápidamente: en el «Tute perrero» y el «Subastado» me sabía defender bien y de tener un poco de suerte que me vinieran cartas, ganaba sin paliativos. En la «Brisca«, la «pandilla» siempre exigía que dirigiera yo, formándose muchas veces un espectáculo alrededor del juego con comentarios para todos los gustos. Pero como he dicho antes, la mayor parte de las veces ganábamos, con lo cual formábamos cada «juerga» después que era el comentario al otro día en el pueblo como una de las novedades más importantes que destacar. Tengo que confesar que en los momentos que me cegaba esta pasión del juego hubo una vez que le quité los cuartos a mi madre de donde los tenía ocultos para satisfacer una deuda que había contraído. No sé si mi madre se daría cuenta de la falta o no, pero yo me juré a mi mismo no volver a profanar aquel «tabú», cosa que cumplí para lo sucesivo…





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