
«Me detengo, con nostalgia, ante el buzón que recogía mis cartas, tan de adolescente enamorado, tan prosa poética todavía tan tierna como los besos de aquella muchacha en los cines del Zoco de Majadahonda»
VICENTE ARAGUAS. (1 de enero de 2026). Desde Ferrol hasta Majadahonda. Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema. Esto no es mío sino de James Joyce, que no es mala referencia a la hora de las citas. Lo único que mi tema estos días es el Noroeste donde me hallo. Mi punto de partida, seguro, que el de llegada lo veo –afortunadamente– tan inseguro. No, en este último territorio no quiero ni espero seguridad alguna. Venga cuando venga y me sorprenda con el rostro alzado al cielo, si bien marchito (¡qué remedio!). Y la cosa es que vine a Ferrol huyendo, un poco, de los fríos secos y mesetarios para encontrarme aquí con una “friaxe” húmeda de las que se apoderan de los huesos, haciendo mella, dejando el corazón en marea baja como en Jacques Brel. Al volver, melancolía; éramos entonces tan jóvenes, y el mundo tan naranja pidiendo “comedme”, tan poeta ruso suicida luego de haber amado a Isadora Duncan. Y dejo a un lado las sábanas húmedas, los chillidos de las gaviotas en los tejados entrando en la casa a través de los aliviaderos, las baladas tristes en el fondo de los armarios con ropas antiguas que ya nadie volverá a ponerse. Y bajo a la calle.
SALIR A LA CALLE COMO LOS PAVOS REALES Y LOS JABALÍES. Y me encuentro con los pavos reales del parque vecino que han salido a comprobar la temperatura exterior. Y ahora que los jabalíes empiezan a tomar las ciudades no está mal que los emulen estas aves tan exhibicionistas que lo mismo hacen la rueda para enamorar a las hembras como para dejar estupefactos a quienes las completamos, no sé. Y pues escribí hace bien poco de aquel muchachito que en la provincia dominical iba al cine de los domingos luego de un interludio con estatua de marqués, buzón de cartas enamoradas, palomas y palmeras, vuelvo a él, es decir a mí, enredado en ensueños de seductor dominical y diminuto. Y encuentro la estatua del Marqués de Amboage, obra de Eugenio Duque, sin gaviota en la cocorota, pero ahogado por la iluminación navideña, a esta hora apagada. A ese Marqués, Don Ramón Plá y Monge, benefactor en su ciudad natal, pero también en Coruña e incluso en Madrid, se le celebra en Ferrol el día de San Ramón, precisamente. Esto es, el 31 de agosto. En Madrid el primer palacio de Amboage estaba casi que pegado al de Linares, el de las sicofonías que atrajeron al buen pueblo de Madrid (yo un infiltrado) para ver si escuchaban el “¡Raimunda, Raimunda!” que los sicofonistas pretendían registrar, El segundo, actual Embajada de Italia, fue diseñado por el arquitecto Joaquín Rojí, para –precisamente– el segundo Marqués.

«Dejo a un lado las sábanas húmedas, los chillidos de las gaviotas en los tejados entrando en la casa a través de los aliviaderos, las baladas tristes en el fondo de los armarios con ropas antiguas que ya nadie volverá a ponerse. Y bajo a la calle».
«NOSTALGIA ANTE UN BUZÓN QUE RECOGIA MIS CARTAS DE ADOLESCENTE ENAMORADO». Ya no hubo más, al morir joven su hijo sin haberlo solicitado, y al ser un título pontificio, se extinguió. Sigue, pues, la estatua en Ferrol/ Ferroiño en el centro de una de las plazas más acogedoras de la ciudad. Y en su contorno me detengo, con nostalgia, ante el buzón que recogía mis cartas, tan de adolescente enamorado, tan prosa poética todavía tan tierna como los besos de aquella muchacha en los cines del Zoco de Majadahonda, que me encontré con su madre luego de haber visto “Flores para Antonio”. Ya no está y qué lástima, la tienda-quiosco de Monso donde aquel muchacho en quien me veo compraba “Salut les copains”, con Sylvie Vartan, Johnny Halliday, Sheila, Antoine, Christophe y “tutti quabnti” nos daban la versión más “pop” de allá de los Pirineos, De donde nos venia también Radio París, sacándonos los colores democráticos en el país donde nunca pasaba nada. Y junto al buzón las palmeras, plantadas en 1917. Esas palmeras que tan bien crecen junto al mar; esas humedades que no me hacen feliz. Los años, tal vez, la falta de costumbre…





Este escritor puede despertar nostalgias de ese lugar que cita aún sin que el lector sepa si existe.
Pero si existe y yo que sí soy de allí al leerlo oigo el canto de las gaviotas…
Gracias, amigo. Así da gusto, más todavía, escribir. Un abrazo.