
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 1 de noviembre de 2026). Los difuntos, de nuevo. No “halloween”, en realidad “todos los pequeños”, los difuntitos/ difuntiños, si se quiere, implorados en las hogueras que en las alturas de Escocia e Irlanda querían llegar al cielo donde estos seres diminutos (almas) se hallaban. No “halloween”, digo, que nosotros somos, éramos, de “Todos los Santos” y, desde luego, del Día de los Difuntos. Por eso, luego de encontrarme con el gran Luis Perezagua en la Gran Vía Majariega, ¿para cuándo este nombre mucho más hermoso, alejado del mimetismo, un tanto paródico, de la madrileña?, me voy a nuestro camposanto en vísperas de las celebraciones. Para parolar un poco con nuestros difuntos, yo, que no tengo ninguno directo en el cementerio de Majadahonda. Que mis queridos están, mayormente, en Santa María de Neda (adonde irá a parar lo que de mi quede) o, si acaso, en la Almudena, el viejo Cementerio del Este. Con el Civil, cerquita, al otro lado de la carretera que lleva a Vicálvaro. Y tanta Historia de la España Liberal que en este yace. En el nuestro está, por ejemplo, y no me canso de visitar su nicho, se halla María Teresa León, “Memoria de la melancolía”, aquella Gran Ilusión por lo que habiendo podido ser no fue. Esto que tenemos, el gran remedo, pantomima o mojiganga. María Teresa reposa con flores siempre. Y ese verso de Rafael Alberti, quien fuera su marido, definitivo: “Esta mañana, Amor, tenemos veinte años.” Definitivo. Sí.









