
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 30 de agosto de 2026). Amarillo el submarino es. Me pide Manolo Hernández que no me ponga muy literario en estas crónicas. Y yo le cito a Wenceslao Fernández Flórez, uno de mis maestros, que hablaba en sus escritos futboleros del “vicegol”, esto es, del gol que nunca llegó a ser, aun pareciéndolo. Algo así la intención de quien, yo, amando el fútbol, lo vi –este sábado 29 de agosto en el Cerro– con prismáticos puestos del revés. Así el partidillo que nos brindaron dos equipos filiales, el Villarreal B, de quien esperábamos más alegría, desparpajo, desenfado, y el otro, que no es filial de nadie, sino de nosotros, los majariegos, eternos sufridores de un equipo que no termina de arrancar. Hoy, al menos, no. Y no es que enfrente tuviese un submarino a lo grande, nuclear, tan amarillo como aquel de Lennon & McCartney, asunto psicodélico el de la película homónima. Como el árbitro de esta jornada, un señor Oreiro, tan pusilánime que tira de monitor, moroso, cada vez que el reglamento le obliga o se lo piden, ya se trate del penalti favorable al Rayo Majadahonda (marcado de disparo certero por Manín), bien el que acabaría apuntando el bigoleador del club de la ciudad que acoge los restos de San Pascual Bailón, Albert García. Ambos penaltis clarísimos, que no discutiría ni el más parcial de los aficionados. Hoy, en el Cerro, todos del Rayito, llenando la tribuna, sin cubiertas “usque tándem Catilina” (o si quieres arroz Catalina) y la grada de animación, los nuestros, claro. Los alegres muchachos de las peñas CUM, Minuto 97 y otras banderías con esas canciones como de amor que dicen que “poco a poco…” para continuar hablando de un ”sentimiento tan grande que no se puede explicar”. Como me ocurre a mí con una primera parte pastosa, empalagosa, de fútbol ratonero por parte del “submarino amarillo” (más bien un simulacro de nave sumergible, un poco como esos artilugios a modo de juguetitos que usan los narcos de poca monta) y del Rayo/Rayito, un tanto a merced del rival en un continuo juego del escondite o del gato y el ratón, estudiándose los dos sin dar un paso adelante.









