
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 14 de mayo de 2024). Llegaba Emilio Antelo, adonde fuese, y en torno a él estallaba el jolgorio. Porque pocos, tan pocos, como él, para llenar el mundo con su alegría vital, su don de la afabilidad, sus ganas de que todos estuviesen a gusto. Otro país sería este, otra ciudad más llena de razones todavía, si Emilio lo siguiese frecuentando, con su cámara al hombro captando detalles, rostros, circunstancias. Su archivo ha de estar lleno de la historia reciente nuestra, como pueblo, como paisanaje. Captada con talento poético, sí, en Antelo Alamán había Poesía, aunque él no lo supiera, y doy fe, porque estuve con él en muchos actos literarios, de la unción con que seguía estos, y el conocimiento, intuitivo si queréis, que demostraba a la hora de decirme si Luis Alberto de Cuenca o Luis Antonio de Villena eran un miau desparramado o la Medel o Ada Salas, un marramiau con matices. O que bien Carmen Jodrá con aquella timidez descarada (¿recuerdas Emilio como seguías lo que es la táctica del oxímoron?).









