
VICENTE ARAGUAS. (22 de octubre de 2024). Me adentro, bajo cierta melancolía, un viernes de otoño que no termina de definirse, por la Avenida Guadarrama. Un poco como el río, de arena según la etimología, que da nombre a la Sierra en la que nace el río, allá en la Fuenfría, en un bucle de vida continua; un río que no va al mar, portugués, sino a través de otro mucho más grande como el pez que se come al chico. El Tajo, palabras mayores. Que el Guadarrama, río de arena, es chiquito pero matón. Por eso duele más todavía que la desidia lo desluzca tantísimo, poco después, ya, de Los Molinos. Pero la Avenida Guadarrama es hermosa, cercada en algún punto por los álamos: “¡A los álamos!” Y canto para mí, me musito: “A los árboles altos/ los lleva el viento/ y a los enamorados/ el pensamiento.” Y eso voy cantando mientras dejo atrás, a la derecha, lo que era Pryca, el Híper le decíamos también (alzado en 1977), referencia comercial única, a lo grande, digo, cuando desembarqué en el puerto majariego. Y supe que este era el punto de encuentro: “¿Nos vemos en “el” Pryca?” Establecimento francés, de Francia vino un barco cargadito de comercios grandes a lo “carrefour” (encrucijada). Luego Pryca marchó para El Carralero, nombre hermoso, y nos dejó un solar de nostalgia tan amplia como nuestro recuerdo de cuando éramos mucho más jóvenes y Majadahonda andaba por los veinte mil habitantes.









