
VICENTE ARAGUAS (Julio de 2024). Después de la etapa reina, cuando la adrenalina se dispara, y las endorfinas, esas drogas maravillosas creadas por el cuerpo en ejercicio, hacen su aparición, viene la “pájara”. En el argot ciclista ese declive corporal cuando las fuerzas parecen irse a tomar viento, y no el del Mesón que ayer coronábamos sin mayor esfuerzo. A mí, por lo menos, tal me ocurre. Más acusadamente si cuando, como otros años, la etapa reina superaba los 40 quilómetros (con llegada a Ordes), y la “caída” al día posterior era más dura. Bueno, tampoco exageremos, que se trata -hoy- de hacer veinticuatro quilómetros. Sin cuestas considerables, apenas algún repecho. Siempre por la Galicia interior, entre carballos (robles, para entendernos, aunque la palabra carbajo siga todavía viva, bien que en ámbitos estrictamente rurales) hayas y demás árboles ajenos a esos eucaliptales que abruman la Galicia costera, donde solo faltan los koalas para parecernos un poco más a Australia. Pero por aquí, entre Ordes y Oroso (núcleo urbano más importante Sigüeiro, orillas del Tambre), la naturaleza conserva autonomía o carácter autóctono.









