
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 15 de enero de 2026). Mañanitas de Niebla. Salgo de casa, tempranito, estos primeros días de enero, fríos como un amor indiferente, desapacibles como las guerras cuando no terminan de cicatrizar, y me dirijo hacia mi parada de transporte escolar. En Doctor Marañón, detrás el Parque de la Laguna, bien organizado, donde estuvo un remedo de cosa lacustre, agua –poca– pluvial, secarral veraniego, origen onomástico de la Peña La Albarda, me dicen, por aquel aparejo que en ella apareció flotando. Dando pie a que un atolondrado, el cuento se repite en bastantes lugares, la tomase por una ballena. La historieta, en fin, ahí quedó, para hacer sonreír a unos y a otros, y tienen un no sé qué de chiste de Gila o de aquel Agamenón, creado por Estivill para los tebeos de Bruguera. Y es que Majadahonda, parte ahí de su gracia, tiene todavía el regusto o el recuelo de cuando era pueblo agrícola y ganadero. Antes de la guerra y aun, un tanto, después de ella. Que en España esta del 36-39 fue el último acontecimiento histórico traumático (sus consecuencias, la dictadura, también, pero a modo de secuela). E interpreto trauma, etimológía griega para herida o lesión, también como tajo, que nos habla de un antes o después de algo.









