
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 17 de octubre de 2025). Dos libros muy recomendables. El verano de 1975 fue el primero que pasé en Madrid. Un verano de tigres, si se me permite la cita nerudiana. Y sí, también al acecho de centímetros de cutis; la juventud, ya se sabe (la vejez, también, pero eso será asunto para otro día). Pero lo cierto es que recuerdo aquel verano como especialmente tórrido. Vivíamos, por lo demás, los estertores del franquismo, y había quienes nos enfrentábamos a él pacíficamente, sin más armas que la creencia en la democracia, si no como panacea sí a modo de remedio para los males de nuestro corajudo país, digan lo que digan amargados y cainitas. Sin embargo, aquel verano el terrorismo, y no solo el del Norte (llegué a Madrid el día del atentado de la Calle del Correo, 13 de setiembre del 74), plantaba las garras, como suele ocurrir, en gente de condición sencilla, trabajadores de a pie, para entendernos. Policías nacionales o guardias civiles: Lucio Rodríguez, asesinado el 14 de julio en la Calle Alenza, Antonio Pose, teniente de la guardia civil, asesinado el 16 de agosto, en la Calle Villavaliente. Estos dos crímenes cometidos por militantes del FRAP, grupúsculo de inspiración albanesa dirigido en Ginebra por una extraña pareja, ella, Elena Ódena, en puridad Benita Ganuza. Tales muertes llevarían ante un pelotón de fusilamiento, en Hoyo de Manzanares, a los presuntos asesinos. Fusilados el 27 de setienbre, al tiempo que dos miembros de ETA, en lo que sería, casi, certificado de defunciòn del franquismo.




