
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 22 de enero de 2026). Muerte en las vías. El personal, de natural olvidadizo, y por eso –como decía André Gide necesita que se le reiteren las cosas, especialmente las trágicas– quizá haya puesto en el desván de la memoria, el horrendo accidente de A Grandeira, Angrois, Santiago, 24/7/2013. Yo siempre lo llevo en la memoria, y vuelve a mí en todo su horror, en estos días terribles de Adamuz. Cuando los cadáveres vuelven a ser un bulto deshecho en un amasijo de hierros y cristales hay buitres empeñados en arrancar morbo escénico y –aun– provecho político de la tragedia. En aquel tren de Angrois, que hubiese muerto en “mi” Ferrol, viajaban amigos y conocidos míos. Y años después, paseando por allí con alguien que había resultado herido en el descarrilamiento, este me contaba cómo, inconsciente, oyó pasar a su lado, abuela y nieta, y a la primera diciendo: “Mira, está muerto”. Y como la segunda, mirándole a los ojos, con brillo empañado, se abrazó a él. Y mi amigo, sabiéndose aún vivo, no se desprendía de aquel abrazo que lo devolvía a la vida. Por eso en estos días negros pienso en los vecinos de Adamuz y en todos nuestros paisanos, capaces de lo mejor cuando el drama lo requiere.









