Jaime Giménez Arbe “El Solitario” y Bruno “ElDescuartizador de Majadahonda”, dos majariegos protagonistas de dos sucesos que impactaron a la opinión pública en toda España
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 14 de diciembre de 2025). Majadahonda Negra. No, no me refiero a que tengamos carencias lumínicas estos días navideños en la Majada, honda, hondísima en el corazón de quienes la moramos/ amamos. Ni nos falta pero tampoco nos sobra. Que aquí no competimos en derroche chabacano, en lucerío caro, vano y molesto como hacen otras ciudades. La que más, me temo, el Vigo de mi Galicia natal. A cargo de un caballero un tanto chiquilicuatre, que igual baila una pantomima de “break” que larga cuentas atrás en un idioma chapucero,entre gallego, español y un inglés como del Príncipe Gitano cantando “In the Ghetto”. ¡Qué pena! Aquí, mejor, se ilumina lo justo y no hay villancicos en bucle agrediendo los oídos ciudadanos. Algo así. Pero de lo que quiero hablar hoy es de la Majadahonda que, de vez en cuando, salta a los medios por ciertos sucesos que estremecen y que nos hacen desear anonimato en las páginas cruentas.
«Vuelvo caminando y, mientras fotografío cipreses centinelas me encuentro con Goyo, jugador que fuera en aquel “Plus Ultra” de lejano recuerdo, seguidor fiel de Majadahonda Magazin (MM), lo que nos honra. Y pues me coge en domingo, día en el que basta –o debiera- con la ternura, les dedico a él y a su esposa el soneto maravilloso de Gerardo Diego al ciprés de Silos: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ que acongojas el cielo con tu lanza/ chorro que a las estrellas casi alcanza/ devanado a sí mismo en loco empeño.”
VICENTE ARAGUAS. Cipreses Majariegos. Vuelvo del “Go Fit”, hoy me atendía Vivi (que no Bibi como escribí el otro día), gentileza colombiana en estado puro, hacia el Valle por antonomasia, ese declive de la Majadahonda (solo por el nombre ya vale la pena vivir aquí) en donde resido. Vuelvo caminando y, mientras fotografío cipreses centinelas me encuentro con Goyo, jugador que fuera en aquel “Plus Ultra” de lejano recuerdo, seguidor fiel de Majadahonda Magazin (MM), lo que nos honra. Y pues me coge en domingo, día en el que basta –o debiera- con la ternura, les dedico a él y a su esposa el soneto maravilloso de Gerardo Diego al ciprés de Silos: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/ que acongojas el cielo con tu lanza/ chorro que a las estrellas casi alcanza/ devanado a sí mismo en loco empeño.” Simplemente les digo el primer cuarteto, que no hay que abusar, ni siquiera en día en el que yo ando cazando cipreses. Un árbol, este, que mantiene idéntica prestancia todo el año. Y que, con buen criterio por parte de quien ordenó plantarlos, llenan de elegancia aquellos lugares nuestros a los que dan verticalidad vegetal. “La sombra del ciprés es alargada”, aún no el gran Delibes sino en vías de serlo o “Los cipreses creen en Dios”, del tan injustamente olvidado José María Gironella, como muestras literarias así, a bote pronto del “Cupressus sempervirens”. Siempre verde; de manera que aquí tenemos, perenne, perenne, esta maravilla asociada, ¡vaya por Dios!, a los cementerios. Los cipreses tan aparentemente severos, elegantes como algunos poetas de la estética del silencio. Y apetece glosarlos o. al menos fotografiarlos en el camino de vuelta a casa donde me encuentro con los cáducos plátanos de paseo, “Platanus hispanica”, los últimos en perder la hoja, los postreros en volver a ella.
«Vuelvo a Córdoba en días de frío gélido, incluso en el lugar donde pasé los mayores calores de mi vida. Aquel mediodía de agosto en Medina Zahara, cuando estuve a punto de irme al Valle de Josafat por hipertermia»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 28 de noviembre de 2025). Romana y Mora, Córdoba. Vuelvo a Córdoba, una de las ciudades donde más veces me he perdido (y encontrado), por razones que no hacen al caso; todo es mundo. Vuelvo a Córdoba en días de frío gélido, incluso en el lugar donde pasé los mayores calores de mi vida. Aquel mediodía de agosto en Medina Zahara, cuando estuve a punto de irme al Valle de Josafat por hipertermia. Aquella tarde en las Tendillas cuando creí morir a la vista del Gran Capitán, cabeza de “Lagartijo”, dizque. Pero esta vez llego a Córdoba, en ferrocarril, 2 horas desde Atocha, bien poco, con frío, que procuro ahuyentarlo sentado al solecillo del Parque de la Agricultura, banco de hierro y azulejos. Muy cerca el monumento a Julio Romero de Torres, luego me acercaré a su museo. Amo a este pintor, inmenso, dueño de una contención hiperbólica, cordobés (como Séneca o Góngora o el Duque de Rivas) capaz de sobrevivir, como García Lorca, a sus imitadores, también a los cromos de los candelarios e incluso a “La morena de la copla”: ya se sabe, “Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena…” Y como él, Córdoba sobrevive, en este caso a la riada turística, mejor que otras ciudades europeas, Praga, por ejemplo, que acabará muriendo de éxito. Como nuestro Madrid, insoportable su centro en estos días.
«Y lamento que la calle Benavente siga siendo trinchera de desidias con esas losas arrancadas del la acera, y que mes tras mes continúe en el mismo estado de abandono. Lo denuncio aquí, mes tras mes y todo sigue igual. ¡Ay, esos vecinos de verdad, majariegos de cuna o no, que han de luchar, de verdad, por nuestra Majada! Y en el Go Fit, mientras, disfruto de la compañía vigilante de Javi, Elena, Christian, Bibi y la Doctora Yari, que vino de Venezuela y tiene un niño tierno como su edad, con la que a veces me encuentro al borde de de la piscina o en los buses y hablamos de qué pena esa Venezuela, que debiendo de ser próspera tiene a sus hijos, por millones, ganando el pan amargo del destierro»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 23 de noviembre de 2025). Un año ya separados. Y no diré que en el corazón las heridas abiertas, como en aquella canción del otro lado del mar, más que cantada, interpretada por María Dolores Pradera. Se fue hace años, ya no está con nosotros, pero sigue. En cambio el Muladhara ya no vuelve, tan fantasma como los cines urbanos de pueblo, cuando la Majada pueblo era. Tenemos el Zoco, naturalmente, otra cosa, y los multicines del Carralero. Otra historia, también. El Muladhara, lo que quedaba de él, se nos fue hace un año casi. El 6 de diciembre primer aniversario del luto y naufragio, de la isla con palmerita y náufrago barbudo con caña de pescar improvisada, y tiburones alrededor al acecho, siempre acechando. Lo que de nuestro gimnasio queda, un páramo muerto de risa donde nadie hace nada. Un aparcamiento, se dijo, pero no, que aquí reina la soledad más absoluta, cuando no el olvido. Y la gente que lo poblaba, me dicen, por gimnasios de la zona, uno de ellos, sin piscina, claro, regentado por Macu y Mario; amigos os recuerdo con el mayor de los cariños. No os veo, no, pero os siento, al cabo, lo mismo, casi. Yo me fui, hace un año pronto, al Go Fit. Y debo decir que me siento feliz. A mis años, muchos, casi los de Carracuca porque Matusalén me queda lejísimo, sigo nadando. Bastante. Descargando endorfinas y mucho mejor cuando salgo del agua que al entrar en ella. Unos mil metros diarios. Y no más porque debo llegar al Carralero, caminando o en autobús, en guagua como dicen canarios o cubanos. Y nado y me siento auxiliado por esa espléndida panda de monitores, socorristas, doctoras, incluso, que pululan por Go Fit y que me hacen mucho más amable el tránsito de hombre atribulado por las ocupaciones al ser feliz que se sumerge y nada, crol espalda y braza, la mariposa para la juventud avezada y que se contorsiona, para salir después hecho un brazo de mar, y nunca mejor dicho. Y dejar que entonces lo sacudan los cañones de agua, un poco como aquellos con que los “grises” nos atizaban en las manifestaciones insurgentes, cuando el mundo era la naranja del poeta Esenin pidiendo que nos la comiésemos a bocados y la dictadura, oxidada, no terminaba de caer. Tiempos. Los de hoy piden que seamos los vecinos los que arreglemos lo que los foráneos no quieren (más que no pueden).
Una obra de teatro sobre el poeta Antonio Machado: «Y yo iba a Las Rozas, el otro día, acompañando a los chiquitos de Colegio Logos, y acompañado, bien acompañado, de los profes, Cris, Silvia y Álex, para ver una función sumamente didáctica, que le encantó a la muchachada»
VICENTE ARAGUAS. (15 de noviembre de 2025). Machado en Las Rozas. Ojo, digo Machado, por Antonio, pero también podría decir Manuel. Pena que la guerra civil (los que la llaman incivil no hacen sino camuflar semejante tragedia a través de un pleonasmo) separase a dos hermanos tan liberalmente unidos; el poema de Manuel a Franco no fue sino subterfugio y el de Antonio a Líster un remedo poético. Pero la cosa es que la biografía del mayor de los Machado da para poco, la de Antonio para mucho. Tal como volvimos a ver el otro día, en el Auditorio Joaquín Rodrigo de Las Rozas, en espectáculo muy surtido, a cargo de la Compañía Ibérica de Danza, “residente” en dicho auditorio. Muy variado, digo, bien que el baile sea elemento central en la función titulada: “Se hace camino al andar…” Título, ya se ve, previsible pero, queramos o no, inevitable al citar a Don Antonio. De manera que al final, con los siglos, se acabará perdiendo el nombre del autor, incorporada al acervo popular. Y es que, ya lo dijo Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta/ las coplas, coplas no son/ y cuando las canta el pueblo,/ ya nadie sabe el autor.” Pero, ya se sabe, al personal hay que darle, al menos de entrada, lo consabido. Y yo iba a Las Rozas, el otro día, acompañando a los chiquitos de Colegio Logos, y acompañado, bien acompañado, de los profes, Cris, Silvia y Álex. Para ver una función sumamente didáctica, que le encantó a la muchachada. Porque combina música, textos, poemas, dicción, locución y, sobre todo, danza, a cargo de tres danzarines: una muchacha, espléndida, también cuando para ilustrar la estancia machadiana en París se toca con la boina tan francamente nerudiana del Poema VI de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”: “Te recuerdo como eras en el último otoño/ eras la boina gris y el corazón en calma…”. Su “partenaire”, igualmente acertado a la hora de encarrilar tangos o chotis por la vía correcta.
«Y nos dieron las diez (y media), luego de un concierto que duró un par de horas, con apenas un descanso de dos canciones para Sabina. Y salíamos a Felipe II, Andrea, mi anfitriona, y yo mismo, arropados por un gentío feliz, con esa alegría que la belleza causa. Y del metro Goya a Moncloa. Y de aquí a Majadahonda»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 12 de noviembre de 2025). Un Cadáver Exquisito. Nada puede gustar más a mis aprendices de Poesía que jugar conmigo a aquel juego dadaísta, el papá, Tristan Tzara, consistente en que cada partícipe escriba en un papel cualquier palabra, sustantivo o adjetivo, que –agrupadas por un secretario– vendrán a las manos del árbitro, el profe para el caso, quien pondrá las conjunciones, preposiciones o artículos necesarios para que los versos resultantes tengan una cierta lógica (tampoco excesiva.) El primero de aquellos poemas dadaístas rezaba: “Un cadáver exquisito.” Y eso se me ocurre después de escuchar (y ver, opípara escenografía, monumental sonido, el del concierto llamado “Hola y adiós”) a Joaquín Sabina, en el Palacio de los Deportes madrileño. Sí, ya sé que ese recinto tiene otro nombre, posterior al que tuvo años atrás, pero yo prefiero el habitual del edificio alzado donde estuvo aquella Plaza de Toros, posterior a la de la calle de Alcalá, y anterior a la de Ventas. Y allí me acomodé el otro día, sentaditos todos, que el pueblo sentado está más descansado (y -por lo tanto- proclive a la paz y el amor), a disfrutar una despedida continuada que, cruzo los dedos, no será para tanto. Pues este cadáver exquisito puede y debe dar mucha paz, camuflado bajo los diferentes sombreros con que se tocó según avanzaba el concierto. Arropado, y nunca mejor dicho, por una banda muy competente, cuerda, percusión y viento, y una corista andaluza que se llama Mara Barros y sostiene los trinos de su “boss” si estos en algún momento decaen.
«El Bulevar Cervantes conseguiría mayor nobleza todavía si quien debe retocase alguno de los relieves cervantinos que lo adornan y, en algunos casos, desdoran. También si se hiciese algo con esa especie de vagón ferroviario o furgón funerario que ocupa el centro. Una biblioteca en el Bulevar Cevantes sería algo muy adecuado para que dejase de ser un páramo de sueños rotos. Sí que hay en él un simulacro de juegos infantiles. Nunca veo niños en él: yo me preguntaría la causa de la desafección».
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 5 de noviembre de 2025). El Bulevar de los Sueños Rotos. Me encuentra el otoño sumergido en las nostalgias propias de una edad tan madura como la manzana arrastrada por el río inevitable. Ese que acaba por llevarnos a todos. Lo dijo Jorge Manrique en coplas insuperable, de cabo roto, como el mar –y aun los mares– que están ahí, esperándonos. A mí me estaba aguardando el otoño, o yo a él, al lado de casa, en ese Bulevar Cervantes, recurrencia mía, al que voy a rebautizar hoy, con título de canción hermosísima, de Joaquín Sabina y Álvaro Urquijo, “El bulevar de los sueños rotos”. Porque siendo como es, un lugar hermoso, en tiempos un desastre, con apenas la caseta de la Cruz Roja en la parte superior y aquel señor tan castizo que arreglaba lunas de coches en una especie de garito. El hombre tenía miedo de que acabasen echándolo de la zona. “Tel Quel”, o sea, “Tal Cual”, como aquella revista literaria, que leíamos cuando queríamos ser “nouvelle vague”, y éramos tan solo una olita provinciana y diminuta, por mucho que hablásemos de Roland Barthes,George Bataille o Derrida. Pero aquel arreglalunas era tan solo un currelante que quería seguir trabajando al aire majariego, tan purificado por el azul cielo de estos días de otoño. Y bajo al Bulevar Cervantes, con mis sueños de seguir queriendo el mundo, y quererlo “tal cual” como decía el gran Nietzsche, en estos días altos de otoño, y me sigue pareciendo el “Bulevar de los suelos rotos”, y cuando no, interrumpidos.
Cementerio de Majadahonda: «Para quienes lo han querido como morada definitiva. Para quienes los han llevado a ella. Lo cual que es natural que en la primera fase del camposanto, justo después de la capilla, aparezcan esos apellidos tan reiterados entre los majariegos “de toda la vida”. Labrandero, Gala, Bustillo, Montero, Descalzo y demás nominaciones recurrentes en las primeras hornadas de quienes aquí dieron en aposentarse».
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 1 de noviembre de 2025). Camposanto Majariego. Digo camposanto que es como le decimos, o decíamos, en Galicia a los cementerios. Como este de Majadahonda, que le tomó la palabra y el turno, y algunos restos y algunas lápidas, al anterior, hoy asentamiento escolar. Que es, francamente, lo mejor que le puede pasar a un sitio donde reinó la muerte y acaba siendo lugar de voces y juegos y algarabía infantil. Y volviendo el otro día de mis labores natatorias, lo que queda en mí del pez que fuimos, delfín, dicen los naturalistas, me apeteció visitar nuestro camposanto y tomar algunas fotografías y hablar, un poco, con los “mortiños”, si me permitís llamarles así, de esta manera gallega, que es la mía, a quienes se encuentran ya en ese espacio superior, interprételo cada quien como quiera, en el que acabaremos todos ingresando. Nos guste o no. A mí, qué os voy a decir (perdonadme el tuteo, casi que os voy conociendo a bastantes de vosotros), más bien poco. Pero en el interín frecuento camposantos, sobre todo los antiguos, los que tienen tumbas de personajes memorables. O, simplemente, lápidas o sepulturas de interés, por bien elaboradas, unas y otras, o llamativas. Aparte el cementerio majariego, por vecindad, por haber conocido a unos cuantos de sus “residentes”, también porque en él yace gente que goza de mi aprecio, intelectual y humano, cual María Teresa León, cuyo nicho es algo que siempre visito en lugar tan inevitable. Para quienes lo han querido como morada definitiva. Para quienes los han llevado a ella. Lo cual que es natural que en la primera fase del camposanto, justo después de la capilla, aparezcan esos apellidos tan reiterados entre los majariegos “de toda la vida”. Labrandero, Gala, Bustillo, Montero, Descalzo y demás nominaciones recurrentes en las primeras hornadas de quienes aquí dieron en aposentarse.
«Cosmopolita, además, y no solo por su mestizaje bellíísimo hispano-marroquí que casi que nos lleva a aquel poema memorable de Manuel Machado, “Adelfos”, Y es que yo veo en Naïma Amsif la misma claridad que encuentro en aquel Machado al que decían Manolo y al que solo la estulticia de una parte del mundillo cultural condena al ostracismo»
VICENTE ARAGUAS. (20 de octubre de 2025). Naïma Amsif: Memoria y Pasión. Naïma Amsif, vecina de Las Rozas, esa ciudad cercana con gente que sigue, con fruición, me dicen, Majadahonda Magazin. Y yo me lo creo, si fuese roceño o agregado haría lo mismo. Y la cosa es que voy adonde aparezca la pintura de Naïma. Y si es con ella, explicada por ella, mejor. Esa posibilidad que tienen los que vayan al Espacio Jovellanos, hasta el 26 de octubre, a las 19:00; visita guiada. Y verán una pintura tan llena de autenticidad, misterio y ternura, como solo la puede ofrecer una artista tocada por el don de la lírica. Pero ese instinto lírico remontado por la épica que bien conoce Naïma, nacida en Rabat en 1968, pero criada y aun recriada en nuestro Norte. Y casada con todo un gallego, llamado Alfonso Iglesia: consecuencia de lo cual se agitan por ahí dos pares de gemelas, a quienes algo instruí o ellas me instruyeron. Pero no quiero hacer crónica familiar sino expresar mi admiración ante quien ultrapasa la realidad con una inspiración suavísima (nunca pegajosa ni adocenada) donde seda y laca jamás son anécdota sino categoría. Categórica esta mujer que se sumerge en tintas al alcohol mientras que vuela en abstracto matérico. Sin olvidar la figuración, teñida de un cierto posimpresionismo donde vuela el mundo y gira la materia y se dejan ver unos niños-poema, caminando con (in)cierta dulzura por los patios escolares. Por el camino de los escolares, si se me permite calcar y aun transitar desde el francés. Lo único que en este caso ello sería hacer novillos, lo que jamás se permite NaÏma Amsif, impecable artesana del trabajo, laboradora perenne de cuanto hace.
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