
«Por nuestra Majada ha pasado, y sigue pasando, gente de todos los pelajes: gente, gentecilla y –definitivamente– gentuza. A estos los iremos dejando a un lado, bien por estar todavía en la cárcel, fuera ya de nuestro ámbito o, lo que es peor, en el cementerio, y la muerte no se la deseo ni a mis peores enemigos porque, una vez muertos, no me hace gracia el darles caña; ¿para qué, si ya no podrán responderme?»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 25 de enero de 2026). Caras y Caretas. Por nuestra Majada ha pasado, y sigue pasando, gente de todos los pelajes: gente, gentecilla y –definitivamente– gentuza. A estos los iremos dejando a un lado, bien por estar todavía en la cárcel, fuera ya de nuestro ámbito o, lo que es peor, en el cementerio, y la muerte no se la deseo ni a mis peores enemigos porque, una vez muertos, no me hace gracia el darles caña; ¿para qué, si ya no podrán responderme? No diré como la Pardo Bazán, una vez finado “Clarín”, quien había pasado del amor total hacia el odio más absoluto ante Doña Emilia. Y escribió esta al saber de la mala nueva: “En efecto, con “Clarín” se nos muere un pedazo, un resto de juventud. ¿Quién nos desgarrará como aquel perro?” Ni más ni menos.
No, yo aquí hablaré de los vivos que por aquí pasaron, con nosotros vivieron, o se acercaron desde pueblos próximos. Así Bárbara Rey, con quien coincidí en el quiosco de prensa/ estudio fotográfico de Emilio Antelo. En la “Galería Sanabria”. Andaba por allí la Rey, haciendo no sé qué gestiones, el hociquito de conejo fruncido, en horas muy bajas. Luego levantaría, moral y monedero, en las televisiones a cuento del gesto tan innoble de grabar y reproducir su intimidad con un monarca entre incauto y sansirolé. La vi, también, en el circo aquel que llevaba con Ángel Cristo, en lo que hoy es Parque Colón, entonces, descampado, cantando “El cocherito leré”. Con voz tan cazallera como infanticida. Al pobre Cristo me condujo un amigo, cachicán albano-kosavar, que trabajaba en el Circo Americano, y el pobre Ángel, tan malito, tan desamparado, malvivía en una de aquellas caravanas. Cerca de la “Sanabria” me encontré un día al actor Jesús Puente, “Su media naranja”, tan de moda, entonces, forcejeando con un coche que se le había quedado atascado en una cuestecilla que por allí hay. Le eché una mano, claro, y me lo agradeció en plan tipo simpático y rotundo.
Junto a la casa de los Outeiriño, en Santa Beatriz de Silva, vivía José Luis Moreno, y Óscar –muchachito travieso, entonces– disfrutaba haciéndole cuchufletas. En aquel entonces Moreno mandaba mucho en las televisiones. Hoy, no sé, que hasta me parece que hizo muchas cosas raras. Como algunos elementos del PSOE, “el clan de Majadahonda”, se les llamó, ministros y agregados, que con nosotros moraban, y de donde salieron algunos casos de corrupción. Que Ábalos, Cerdán y Koldo no son cosa nueva. Que el PSOE, cuando vine a vivir a la Majada, 1979, tenía mayorías absolutas, en el país, en nuestra ciudad: átense cabos (o átenme esta mosca por el rabo, sí). Cierto que algún socialista importante, y honradísimo, aquí vivió y murió: Alfredo Pérez Rubalcaba, quien moraba en alguna de esas calles con nombre de república americana, y con quien yo coincidía, con él y su esposa, comprando fruta en “Ahorra Más”, los sábados. Y hablaba un poquito con él en una de las travesías socialistas del desierto electoral.
Había y hay también futbolistas por nuestros pagos: jóvenes y viejas glorias. De estas saludé en el Cerro del Espino al gran Adelardo, quien me dijo que, en efecto, en la batalla de Glasgow, contra el Celtic, 1974, yo entre el público, la propia policía escocesa zurro a los “colchoneros” en el túnel de los vestuarios. El Atlético acabó, es cierto, con 8 jugadores, luego de la llamada “Batalla de Glasgow”. Y podría seguir enumerando caras y caretas que por aquí vivieron. Como aquel sujeto, en Majadahonda, residente, que luego de pagarle a Exuperancia Rapú, por el vídeo sexual de Pedro J. fue a penar sus culpas de proxeneta cutrísimo en la cárcel de Brieva. Seguiré. Sí.





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