El día en que Carlos Arias Navarro, presidente del Gobierno de Franco, apareció por Majadahonda «en los primeros instantes de la “Galería Sanabria”. Estábamos comprando, ellos y yo, y más gente, desde luego, en una carnicería de la parte inferior de la galería. Y recuerdo su sonrisa, como de gatazo feliz, impecablemente vestido, gris marengo, pañuelo blanco, él también, en el bolsillo superior de la americana, ante el solomillo, “pura miel”, decía su esposa Luz, que le presentaba la carnicera».

VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 31 de enero de 2026). Caretas y Caras. Ahondando en el asunto que distrajo mi atención el otro día vuelvo a quienes, conocidos por unos o por otros o –simplemente– gente de paso por nuestros lares, dejaron aquí alguna señal de presencia (bien que algunos de ellos sean ya, más bien, ausencia.) Y como un fantasma agitado por el tiempo, ese que flamea un pañuelo blanco de adioses, en síntoma que –para mí, tanta silla vacía alrededor– comienza a ser pañolada, se me aparece Carlos Arias Navarro. Y veo a mi lado, él acompañado de su esposa, Luz, así le dijo en algún momento, en los primeros instantes de la “Galería Sanabria”, ya nunca más lo que fue, tan abarrotada en aquellos tiempos. Y estábamos comprando, ellos y yo, y más gente, desde luego, en una carnicería de la parte inferior de la galería. Y recuerdo su sonrisa, como de gatazo feliz, impecablemente vestido, gris marengo, pañuelo blanco, él también, en el bolsillo superior de la americana, ante el solomillo, “pura miel”, decía ella, que le presentaba la carnicera.

Vicente Araguas

DÍAS AQUELLOS EN LOS QUE VEÍA A FRANCISCO UMBRAL, pletóricamente distante, voz campanuda, bajo el espejo de “El Cóndor”, Reyes Católicos “El, Cóndor” era “pub”, a la vez que “piano bar”–, y mientras el pianista deslizaba las notas de “I´ve just called to say I love you”, que nos ponía tan melancólicos, mirábamos hacia arriba, para vernos en los espejos tan de película de Tinto Brass, “Salon Kitty”, pongamos. UMBRAL VIVÍA EN MAJADAHONDA, ANTES EN LAS ROZAS, y yo sigo leyéndolo con fruición y me alegro de su biblioteca majariega, y viajar en un autobús que tiene parada, y así lo anuncia, en Francisco Umbral. A veces me cruzaba en la entrada de Santa Beatriz de Silva, santos con apellidos, mira qué localizables, con Manuel Summers. No sé qué razón lo llevaría por allí, por una calle que yo frecuentaba.

Los Summers en Majadahonda

MANOLO SUMMERS Y SU HIJO DAVID (HOMBRES G): Me cruzaba con él y le hacía una pequeña inclinación de cabeza admirativa hacia el director de ”El rosa y el amarillo” o “El juego de la oca”, y él respondía con un gesto tan simpático como aquellas películas rodadas con cámara oculta. “To er mundo é güeno” y sucesivas. Hoy tan políticamente incorrectas que siguen arrancándome risas. Y aun las carcajadas que anidan en el políticamente incorrecto que sigo siendo. Y si hablamos de la familia Summers diré de nuevo que fui orgulloso asistente al concierto de “Hombres G”, liderados por David Summers, en el Cerro del Espino. Fue al final del verano de “Venezia”, setiembre del 85, pues, y a partir de entonces el grupo que tiene como guitarra solista a mi amigo Rafa Gutiérrez, no dejó de tocar en un, digámoslo a lo Dylan, “never ending tour”. Y me fascina su recopilación de “fans”, 41 años después, luego de casi 3 generaciones históricas reproduciéndose en un devenir biológico-canoro.

Poco recuerdan ya que el cantautor cubano Pablo Milanés falleció en el Puerta de Hierro de Majadahonda y está enterrado en Las Rozas

Y EN LA MAJADA ME REENCUENTRO CASI CADA DÍA CON VIEJOS ALUMNOS, así Jacobo Calderón, músico y productor, hijo de aquel Juan Carlos, de sobra conocido, pero de quien tengo recuerdo nítido en mis días febriles de cantautor febril. En el Bourbon, también llamado Whisky Club, en Diego de de León, 7. Y había un ciclo de cantautores, y allí aparecí yo, al piano, acompañándome Bibiano Morón y apareciendo bien entrada la noche Juan Carlos Calderón, vestido de modestia y ejerciendo de pianista como de “jazz”, nos volvió a todos locos con sus improvisaciones. Y estoy cerrando estas “caras y caretas”, ojo, que no carotas, y me veo con Georgie Dann en nuestra Gran Vía, hablando de ya no recuerdo no sé que cosa, Y di por cantarle aquello tan suyo de “Me gusta tocar la balalaika”, pero declinó con sonrisa educada el acompañarme. Murió poco después en Puerta de Hierro. Como Pablo Milanés. Otras caras. Otras caretas.

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