A veces los cuentos navideños no hablan de milagros visibles, sino de un aprendizaje íntimo: el de aceptar el tiempo que se nos concede. En esta serie de Cuentos de Navidad hemos recorrido historias de compasión, de entrega, de transformación y de luz. Pero faltaba una voz que nos hablara del anhelo de un Año Nuevo: ¡Feliz 2026!

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 1 de enero de 2026). Pequeñas Navidades. Cuentos que hacen Invierno. El abeto de Hans Christian Andersen. A veces los cuentos navideños no hablan de milagros visibles, sino de un aprendizaje íntimo: el de aceptar el tiempo que se nos concede. En esta serie de Cuentos de Navidad que hacen Invierno, hemos recorrido historias de compasión, de entrega, de transformación y de luz. Pero faltaba una voz que nos hablara del anhelo –esa inquietud silenciosa que tantas veces acompaña la Navidad–, y pocas fábulas lo expresan con tanta delicadeza como El abeto, publicado por Hans Christian Andersen en 1844. Recordemos su historia. En lo profundo del bosque, crece un abeto joven que nunca está satisfecho. Impaciente por parecerse a los árboles altos, sueña con el futuro: con llegar a ser un mástil, un adorno, un símbolo. Cuando por fin es elegido como árbol de Navidad, cree haber alcanzado la gloria. Lo decoran, lo iluminan, lo rodean de niños y de risas. Pero la noche pasa, la fiesta termina, y el abeto es guardado primero en un desván y luego arrojado al exterior, donde descubre que todo aquello que imaginó –la fama, el brillo, la expectativa de lo grandioso– era apenas un destello fugaz. En el silencio final del patio, mientras lo trituran, recuerda con emoción los días tranquilos del bosque, cuando el sol entraba entre las ramas y los pájaros le cantaban sin exigirle nada.

«El anhelo es esa inquietud silenciosa que tantas veces acompaña la Navidad y pocas fábulas lo expresan con tanta delicadeza como El abeto de Hans Christian Andersen»

Miguel Sanchiz

Miguel Sanchiz

ANDERSEN, CON SU SENSIBILIDAD HABITUAL, NO ESCRIBE AQUÍ UNA HISTORIA TRISTE: escribe una advertencia luminosa. El abeto representa ese deseo humano de vivir siempre en el “todavía no”, de mirar la vida como algo que viene después, nunca como lo que está ocurriendo. El cuento duele porque todos, en algún momento, hemos sido ese árbol que desprecia su presente esperando un futuro más resplandeciente. Pero es precisamente esa herida la que lo convierte en un relato tan navideño. La Navidad, al final, es el tiempo de la presencia: del instante que no se repite, del gesto que no puede aplazarse, de la gratitud por lo que ya somos. Frente al vértigo de la expectativa, Andersen nos invita a habitar el ahora, a escuchar la belleza de lo que nos rodea antes de que sea tarde. El abeto nos enseña que la verdadera luz no está en el adorno, sino en la raíz que sabe quién es. Y que, a veces, la mayor sabiduría consiste en comprender que el presente –ese humilde bosque de cada día– guarda una alegría más profunda que cualquier fiesta de un solo día.

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