Majadahonda después de la nevada: lo que he ido aprendiendo del pueblo Inuit: «Aunque la distancia entre Majadahonda y Groenlandia es de 4.000 kilómetros y las 11 horas de vuelo cuestan 800 euros por trayecto, en estos días en los que esta gran isla aparece de nuevo en titulares, debates y conversaciones de sobremesa, me ha parecido un buen momento para detenerme un instante y mirar más allá de los mapas, de los intereses y de las frases grandilocuentes»

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 30 de enero de 2026). Majadahonda después de la nevada: lo que he ido aprendiendo del pueblo Inuit. Aunque la distancia entre Majadahonda y Groenlandia es de 4.000 kilómetros y las 11 horas de vuelo cuestan 800 euros por trayecto, en estos días en los que esta gran isla aparece de nuevo en titulares, debates y conversaciones de sobremesa, me ha parecido un buen momento para detenerme un instante y mirar más allá de los mapas, de los intereses y de las frases grandilocuentes. A veces la actualidad sirve, simplemente, como excusa para aprender. Y eso es lo que me ha ocurrido con el pueblo inuit. No escribo estas líneas como experto, sino como curioso. Como alguien que, al escuchar hablar del Ártico, se ha dado cuenta de que sabía menos de lo que creía. Las imágenes que tenía en la cabeza —iglús permanentes, parkas eternas, besos con la nariz y rostros congelados en el tiempo— procedían más del cine que de la realidad. Así que me puse a leer, a preguntar y a contrastar.

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LO QUE FUI DESCUBRIENDO ME PARECIÓ SUFICIENTEMENTE INTERESANTE como para compartirlo con vosotros. Lo primero que aprendí es que los inuit no creen en Dios como lo entendemos en nuestra tradición cristiana, al menos en su concepción original. Su espiritualidad ha sido históricamente animista: todo tiene espíritu. El mar, el hielo, los animales, el viento. No existe una frontera clara entre lo humano y lo natural. Los antiguos chamanes actuaban como mediadores con ese mundo invisible. Con la llegada de los misioneros europeos, muchos inuit adoptaron el cristianismo —especialmente el luteranismo—, pero hoy conviven ambas visiones sin grandes conflictos.

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TAMBIÉN ME SORPRENDIÓ SU FORMA DE RELACIONARSE. En un entorno donde la supervivencia era frágil, el individualismo no tenía sentido. Compartir la comida no era un gesto solidario, sino una obligación. Quien cazaba repartía. Acumular estaba mal visto. El prestigio no lo daba tener más, sino dar más. Una lógica que, vista desde nuestra sociedad, resulta casi revolucionaria. El famoso “beso esquimal” existe, sí, pero no como lo cuentan. Se llama kunik y no es romántico. Consiste en rozar la nariz y el labio superior contra la mejilla del otro y aspirar suavemente su olor. Es un gesto íntimo, familiar, muy habitual entre padres e hijos. En climas extremos, donde descubrir la piel podía ser peligroso, tenía todo el sentido. Tampoco es cierto que los inuit vivan en iglús. El iglú era una vivienda temporal, usada durante expediciones de caza invernales. Hechos con bloques de nieve compacta, aislaban sorprendentemente bien. Hoy, la inmensa mayoría de los inuit vive en casas modernas, con calefacción, electricidad y conexión a internet. Las fotos clásicas no representan al inuit actual, que viste vaqueros, usa el móvil y participa plenamente en el siglo XXI.

«Hoy, la inmensa mayoría de los inuit vive en casas modernas, con calefacción, electricidad e internet. Las fotos clásicas no representan al inuit actual, que viste vaqueros, usa el móvil y participa plenamente en el siglo XXI».

COSTUMBRES GROENLANDESAS: UN PUEBLO SIN CÁRCELES. Entre las curiosidades que más me llamaron la atención está que no tenían cárceles; que resolvían conflictos con duelos de cantos burlones; que educaban a los niños sin castigos; que el silencio es una forma de respeto; que el hielo “habla” y se escucha; y que su humor, seco e irónico, ha sido siempre una herramienta de supervivencia. He querido compartir todo esto no por erudición, sino por justicia. Porque detrás de una palabra —Groenlandia— hay un pueblo real, con una cultura viva, que no es un decorado ni un recuerdo del pasado. Y porque, a veces, conocer cómo otros han aprendido a vivir en condiciones extremas nos ayuda a relativizar muchas de nuestras comodidades y urgencias. Nada más. Solo eso que he ido aprendiendo y que me apetecía contaros.

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