
«Vuelvo a Córdoba en días de frío gélido, incluso en el lugar donde pasé los mayores calores de mi vida. Aquel mediodía de agosto en Medina Zahara, cuando estuve a punto de irme al Valle de Josafat por hipertermia»
VICENTE ARAGUAS. (Majadahonda, 28 de noviembre de 2025). Romana y Mora, Córdoba. Vuelvo a Córdoba, una de las ciudades donde más veces me he perdido (y encontrado), por razones que no hacen al caso; todo es mundo. Vuelvo a Córdoba en días de frío gélido, incluso en el lugar donde pasé los mayores calores de mi vida. Aquel mediodía de agosto en Medina Zahara, cuando estuve a punto de irme al Valle de Josafat por hipertermia. Aquella tarde en las Tendillas cuando creí morir a la vista del Gran Capitán, cabeza de “Lagartijo”, dizque. Pero esta vez llego a Córdoba, en ferrocarril, 2 horas desde Atocha, bien poco, con frío, que procuro ahuyentarlo sentado al solecillo del Parque de la Agricultura, banco de hierro y azulejos. Muy cerca el monumento a Julio Romero de Torres, luego me acercaré a su museo. Amo a este pintor, inmenso, dueño de una contención hiperbólica, cordobés (como Séneca o Góngora o el Duque de Rivas) capaz de sobrevivir, como García Lorca, a sus imitadores, también a los cromos de los candelarios e incluso a “La morena de la copla”: ya se sabe, “Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena…” Y como él, Córdoba sobrevive, en este caso a la riada turística, mejor que otras ciudades europeas, Praga, por ejemplo, que acabará muriendo de éxito. Como nuestro Madrid, insoportable su centro en estos días.

«Y comemos muy bien en plan taberna cordobesa, compartiendo platos. Salmorejo, pijotas, calamares, flamenquines, croquetas, callos y demás delicias»
CÓRDOBA, EN CAMBIO, NO TIENE PROBLEMA POR SU PROPIO LABERINTO CALLEJERO, lo enrevesado de sus revueltas, callejones, patios y escaleras, que disuaden al que no sepa pasear por esta bellísima ciudad, capital de la Bética en su momento, luego de Roma, tal vez, la urbe más dilatada del Imperio aquel. Y al culto imperial parece haber sido dedicado el templo romano-cordobés de la calle Claudio Marcelo, este su artífice posible. Manuel Machado, no lo olvidemos nunca, hay dos Machados, ambos, grandes, grandes, habló en su “Canto a Andalucía” de “… romana y mora, Córdoba callada”. Y antes de la Mezquita, la gran atracción cordobesa, merecerá otro viaje, otro artículo, hubo en su lugar un templo romano. Y a la Mezquita, Catedral, también, fui a enmarcar mi rostro en uno de sus arcos. Pero no sin pasar antes por la Plaza del Potro, jamás dejo de ir a ella cuando en Córdoba, para ver el potrillo de la fuente, adentrarme en la posada homónima y, también, regocijarme con el recuerdo de Don Miguel de Cervantes, vecino de Córdoba que fuera, quien no duda en situar a cuatro agujeros (agujeteros) del Potro de Cordoba, entre aquellos descarados “gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona” que mantean al pobre Sancho.

Museo Julio Romero de Torres y cuadro de Carmen de Burgos «Colombine»: «Amo a este pintor, inmenso, dueño de una contención hiperbólica, cordobés (como Séneca o Góngora o el Duque de Rivas) capaz de sobrevivir, como García Lorca, a sus imitadores, también a los cromos de los candelarios e incluso a “La morena de la copla”: ya se sabe, “Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena…”
PLAZA DEL POTRO, TAN CERCANA AL RÍO GRANDE, EL GUADALQUIVIR, NATURALMENTE, epítome de reunión de pícaros y gente de mal vivir (o bueno, depende de quien los juzgue) que hacían arte del engaño y la malicia. Potro de Córdoba, Zocodover, Toledo o Azoguejo, Segovia. Los pillos siempre al aire de mercados, mercadillos o, naturalmente, zocos. Y en Madrid hay, hubo, Morería (como en Lisboa). Y en Córdoba hay, además, Judería. Tiempos en que en España alternaban esas tres culturas que CJC sinteizó bien en su “Judíos, moros y cristianos”. Y en las que me hallo, ante el espejo y también si me perfilo, nariz aquilina y, sobre todo en verano moreno de piel, casi bruno, diría Miguel Hernández. Seguiría con Córdoba, pero ahora debo comer, con mis anfitriones, Ana Mari Baliño y Rafa Suárez-Varela, y lo hacemos en “Casa Luis”, junto a San Lorenzo, con su rosetón mudéjar. Y comemos muy bien en plan taberna cordobesa, compartiendo platos. Salmorejo, pijotas, calamares, flamenquines, croquetas, callos y demás delicias. Que en Córdoba cuanto se deja ver y catar es arte. Y hasta el rabo todo es toro. Ya se sabe.






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