
El episodio conocido como «el milagro de las carretas», marcó el nacimiento de la devoción a la Virgen de Luján, patrona de la Argentina. Y en ese momento fundacional estaba «el negro Manuel», emigrante de Cabo Verde a la Argentina. La victoria de la albiceleste sobre Suiza sirve de recuerdo a esta curiosa historia
MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 12 de julio de 2026). La selección de Argentina venció esta madrugada a Suiza (3-1) en la prórroga de un trepidante partido de fútbol y ya está en semifinales del Mundial 2026 pero antes tuvo que pasar por 120 minutos y 400 años de historia en su también épico enfrentamiento con Cabo Verde. Y es que hay equipos a los que los partidos le duran lo que dicta el reglamento: 90 minutos, 22 o hasta 30 jugadores, 1 árbitro y 1 marcador que se define en el césped. Pero hay otros encuentros —muy pocos— que llegan cargados de una historia que los precede, los envuelve y los trasciende. El cruce previo entre Argentina y Cabo Verde pertenece a esa categoría rara y preciosa. Porque mientras millones de aficionados miran hacia el estadio, hay un hilo invisible que une a ambos pueblos desde hace casi cuatro siglos. Un hilo tejido por la fe, la tragedia, la resiliencia y la devoción de un joven africano que jamás imaginó que su vida quedaría grabada para siempre en la identidad espiritual de la Argentina.
ESE JOVEN SE LLAMABA MANUEL COSTA DE LOS RÍOS, AUNQUE LA HISTORIA LO RECUERDA COMO «EL NEGRO MANUEL», el primer custodio de la Virgen de Luján. Su vida, que comenzó en las islas de Cabo Verde hacia 1604, fue marcada desde el inicio por la violencia del tráfico esclavista. Con apenas ocho años fue capturado por traficantes de personas y vendido en los mercados de Pernambuco, Brasil, como tantos otros niños arrancados de África occidental. Desde allí, su destino lo llevó al Río de la Plata, donde llegó en 1630 formando parte de una caravana que transportaba dos imágenes de la Virgen María. Aquella comitiva tenía un objetivo claro: llevar las figuras hasta Santiago del Estero. Pero la historia —y quizá algo más— tenía otros planes. La caravana hizo una parada en las orillas del río Luján. Al día siguiente, los bueyes que tiraban de la carreta se negaron a avanzar. Intentaron sumar más animales, cambiar la disposición, empujar, tirar… nada. Solo cuando retiraron uno de los cajones, la carreta volvió a moverse con naturalidad. Dentro del cajón detenido estaba la imagen de la Inmaculada Concepción. Los presentes interpretaron el hecho como una señal: la Virgen quería quedarse allí. Ese episodio, conocido como el milagro de las carretas, marcó el nacimiento de la devoción a la Virgen de Luján, patrona de la Argentina. Y allí, en ese momento fundacional, estaba Manuel. Su amo lo designó como custodio de la pequeña capilla que comenzó a levantarse alrededor de la imagen. Manuel asumió la tarea con una entrega absoluta. Durante más de cinco décadas recibió peregrinos, narró el milagro, cuidó la lámpara de aceite que ardía junto a la Virgen y asistió a enfermos que llegaban buscando consuelo. Su figura se volvió inseparable de la historia espiritual del país. Cuando su propietario murió, surgió una disputa por su “posesión”. Para evitar que fuera trasladado y separado de la Virgen, los vecinos y las autoridades eclesiásticas reunieron dinero para comprar su libertad. Desde entonces, Manuel solía decir una frase que quedó grabada en la memoria colectiva: «Soy de la Virgen no más». Falleció en 1686. Hoy la Iglesia lo reconoce como Siervo de Dios, primer paso hacia la canonización. Sus restos descansan a pocos metros de la Basílica de Luján.
LA HISTORIA DEL «NEGRO MANUEL» NO ES SOLO UN RELATO PIADOSO: es un puente histórico entre dos pueblos que, a pesar de la distancia, comparten una memoria común. Cabo Verde, archipiélago volcánico del Atlántico, fue durante siglos un punto de captura y distribución de esclavos hacia América. Muchos caboverdeanos llegaron a la Argentina en oleadas posteriores, especialmente a fines del siglo XIX y principios del XX, asentándose en zonas portuarias como Dock Sud, Ensenada y Mar del Plata. Esa comunidad, pequeña pero vibrante, mantiene vivas sus tradiciones y recuerda a Manuel como el símbolo más profundo del vínculo entre ambos países. Y ahora, casi cuatrocientos años después, Argentina y Cabo Verde se encuentran en un Mundial. Para muchos será solo un partido. Para otros, un duelo inédito. Pero para quienes conocen esta historia, el encuentro tiene un brillo distinto. En el vestuario argentino, la imagen de la Virgen de Luján acompaña al equipo como amuleto espiritual desde hace décadas. La misma Virgen que Manuel custodió en el barro bonaerense es la que hoy protege las ilusiones de la Albiceleste. Y el rival en la cancha proviene de la tierra natal del joven que dedicó su vida a esa advocación mariana. Es como si el destino hubiera decidido cerrar un círculo.
CUANDO EL ÁRBITRO MARQUE EL INICIO DEL PARTIDO DE SU SEMIFINAL, LOS JUGADORES CORRERÁN DETRÁS DE LA PELOTA SIN PENSAR EN NADA DE ESTO. Pero tú, lector, ya sabes que este encuentro no empieza en 2026. Empezó en 1630, en una carreta detenida a orillas del río Luján. Empezó con un niño arrancado de su tierra que encontró en la fe un hogar y en la Virgen una madre. Empezó con un gesto de la comunidad que lo liberó para que pudiera seguir cuidando aquello que amaba. Argentina – Cabo Verde. 120 minutos. Cuatrocientos años de historia. Y un joven caboverdeano que, sin saberlo, unió para siempre a dos pueblos. El partido terminó con un marcador vibrante: Argentina 3 – Cabo Verde 2. Un duelo intenso, noble, jugado con la dignidad de quienes saben que representan algo más que una camiseta. Los argentinos celebraron la victoria; los caboverdeanos se marcharon con la cabeza alta, orgullosos de haber puesto en aprietos al campeón del mundo. Pero más allá del resultado, hubo algo que quedó flotando en el aire del estadio: la sensación de que este encuentro era, en realidad, un homenaje silencioso a aquel joven que unió para siempre a ambos pueblos. Porque mientras los jugadores se saludaban y el público abandonaba las gradas, la historia del Negro Manuel seguía latiendo, recordándonos que hay partidos que empiezan mucho antes del pitido inicial. Que hay victorias que no se miden en goles, sino en memoria. Y que, a veces, el fútbol nos regala la oportunidad de mirar hacia atrás para entender mejor quiénes somos hoy. Y Manuel, desde algún rincón de la historia, volvió a unirlos por un instante.





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