Esta imagen difundida por la Casa Real ha generado numerosos comentarios en internet, foros de periódicos y redes sociales que pueden verse pinchando aquí

MIGUEL SANCHIZ. (Majadahonda, 24 de enero de 2026). La terrible distancia entre el poder y la tragedia. La fotografía no necesita pie. Lo que muestra no admite matices ni explicaciones técnicas. Es un paisaje moral. Un tren volcado como un animal herido, la tierra removida, los hierros aún calientes del desastre. Y, en primer plano, una hilera de cuerpos erguidos, impecables, casi solemnes. No están allí para intervenir. Están allí para ser vistos. La tragedia ferroviaria de Adamuz ha dejado muertos, heridos, familias partidas en dos y un territorio marcado para siempre por una fecha. Pero esta imagen no retrata el dolor de las víctimas. Retrata otra cosa más incómoda: la distancia obscena entre el poder y la desgracia. Hay fotografías que informan. Y hay fotografías que acusan. Esta pertenece a las segundas. El tren yace de costado, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante exacto del impacto. No es un decorado. No es una escenografía. Es el lugar donde alguien perdió la vida, donde alguien llamó por última vez a casa, donde alguien entendió que no volvería a levantarse. Y, sin embargo, frente a ese escenario, la representación del Estado adopta una postura que recuerda más a una foto oficial que a un duelo. No hay manos manchadas. No hay rodillas en el suelo. No hay gestos de desgarro. Hay compostura. Hay control. Hay distancia.

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El poder —cuando comparece ante la tragedia— suele hacerlo así: sin tocarla. La visita institucional se convierte en un ritual higiénico. Se pisa el barro con cuidado. Se mira lo justo. Se escucha lo necesario. Se posa para la cámara. Y se abandona el lugar con la conciencia aparentemente tranquila, como quien cumple un trámite inevitable. Pero el dolor no es un trámite. Y la muerte no entiende de protocolos. La fotografía revela una coreografía conocida: autoridades alineadas, miradas graves, brazos cruzados, silencio estudiado. El mensaje implícito es claro: estamos aquí. Lo que no queda tan claro es para qué. Porque la tragedia no se repara con presencia, ni se honra con solemnidad impostada. El contraste es brutal. Detrás, el caos: vías retorcidas, equipos de emergencia, un escenario que huele a hierro y a pérdida. Delante, el orden: trajes oscuros, gestos contenidos, una serenidad que casi parece ajena. Como si se tratara de dos mundos que se rozan sin tocarse. Como si el dolor perteneciera siempre a otros.

La foto ha recordado las Meninas de Velázquez

Esta imagen no habla de los reyes ni de los cargos concretos. Habla del poder como concepto. De su incapacidad estructural para mancharse. De su tendencia a convertir el sufrimiento en un acto simbólico, en una comparecencia medida, en una foto destinada a tranquilizar conciencias más que a acompañar a los damnificados. Porque acompañar implica algo más que estar. Implica exponerse. Implica quebrarse. Implica aceptar que hay tragedias que no se gestionan, que se sufren. Y el poder —casi siempre— huye de ese territorio porque allí pierde su máscara. El ciudadano que observa esta imagen no ve consuelo. Ve distancia. No ve cercanía. Ve jerarquía. No ve humanidad. Ve representación.

Otros han recordado el lienzo de Francisco Pradilla (1877) en el Museo del Prado: entierro de Felipe el Hermoso, marido de Juana la Loca

Y esa es la herida más profunda que deja esta fotografía: la sensación de que, incluso en la desgracia absoluta, existen dos planos. El de quienes lo pierden todo y el de quienes lo observan desde una prudente seguridad institucional. El de los cuerpos que yacen y el de los cuerpos que posan. No es una acusación personal. Es un diagnóstico político y moral. El poder ha aprendido a visitar la tragedia sin contaminarse de ella. A recorrer el dolor sin asumirlo. A aparecer sin implicarse. Por eso esta imagen duele. Porque no muestra solo un accidente ferroviario. Muestra una fractura más antigua y más grave: la que separa a quienes gobiernan de quienes sufren. El tren volcado pasará a los archivos. Las declaraciones se olvidarán. Las agendas seguirán su curso. Pero esta fotografía quedará como testimonio de algo esencial: que la distancia entre el poder y la tragedia no se mide en metros, sino en humanidad. Y esa distancia, hoy, parece terrible.

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